Ay, amor ya no me quieras tanto

(Publicado en La Hora Digital el 13 de septiembre de 2020)

“Ay, amor, ya no me quieras tanto”, decía un bolero tan  popular en Latinoamérica cuando yo  era pequeña que mi memoria absorbió toda la letra por ósmosis. La cantaba yo porque la cantaban las señoras que me cuidaban, pero no la entendía. Tantos años después, la entiendo menos. Que un hombre le aconseje a una mujer que deje de quererle y se busque otro porque él solo sirve para causarle llanto, como dice la letra,  parece inverosímil dadas las circunstancias; las de aquella época y las actuales. Lo mejor que se puede esperar de un maltratador o asesino de pareja arrepentido es que se suicide, lo que no puede considerarse un acto de generosidad porque esos brutos se matan después de haber perpetrado su crimen. Cada vez que leo u oigo un suceso de estos, se me repite automáticamente un pensamiento: coño, podía haberse matado antes de matar.  Con el mazazo en la cabeza que esta semana nos  propinaron los medios ventilando el número de mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas, cuesta no imaginar otra cosa que no sea el sufrimiento cotidiano de las que no saben o no pueden defenderse. La indignación ante el hecho se vuelve amargura cuando uno sabe que la ley les ofrece y les ofrecerá protección y amparo, pobrecitas, pero que ningún político se atreverá a imponer por ley que se enseñe a esas mujeres a defenderse desechando la lástima e imponiendo el respeto. Mientras eso no ocurra, tenemos minutos de silencio para más de una generación. 

¿Por qué será que, cuando tienen el poder, la mayoría de los políticos ignoran los problemas más espinosos o los resuelven a medias? ¿Vagancia? ¿Cobardía? ¿Prudencia?  Por encima de todas las causas posibles, hay una explicación común a todas; la falta de empatía. 

Ayer por la mañana escuché en la radio una entrevista a Inés Arrimadas. Me quedé lela. Pocas veces había escuchado un discurso tan empático con los problemas de la gente, tan empático que me sorprendí pensando que quien escuchara esas homilías tan cargadas de humanidad tendría que votar  a Ciudadanos por su propio bien y el de todos los españoles. Es probable que esa sea la conclusión a la que llegarán millones tras escuchar a la candidata en la próxima campaña electoral; si no van más allá de sus palabras. Y no hace falta ir mucho más allá. Con una pregunta basta. ¿Cómo va a tener el alma rebosante de empatía una mujer que ha logrado meter a líderes de su partido en gobiernos autonómicos pactando con partidos que defienden el egoísmo más salvaje y esparcen el odio más inhumano? La señora me contestaría que eso es estrategia, que es la única forma de acceder al gobierno para mejorar la vida de las personas. Y uno que no es tonto replicaría con otra pregunta. ¿Es posible imponer un programa inspirado por el amor al prójimo con unos socios de gobierno decididos a imponer un egoísmo salvaje y un odio inhumano? Cuando Arrimadas terminó, mi mente, que estaba en modo musical, empezó a cantarme: “Cuéntame un cuento y verás qué contento”.

¿Qué es el amor, el auténtico amor? La pregunta la han intentado responder durante siglos filósofos de toda procedencia. Tal vez el más próximo y conocido sea Stendhal. En su libro “Del amor”, Stendhal afirma que el amor mueve la imaginación a proyectar en el amado inexistentes perfecciones, y al fenómeno le llama “cristalización.” Por supuesto, la “cristalización” se hace papilla como una copa contra el suelo cuando nos damos cuenta de que esas perfecciones eran producto de nuestra imaginación y de que la persona amada es como es y no como queríamos verla. Eso no es amor o es, en todo caso, amor a nuestra propia creación, pero no a otra persona. 

El amor auténtico, cualquier tipo de amor, pero auténtico, es empatía; la intención de penetrar bajo la piel de otro intentando comprender y compartir sus ideas, sus sentimientos, sus emociones. Da igual que ese otro sea un hijo, una pareja, un grupo humano, toda la humanidad, uno mismo o, en personas muy sensibles, hasta un animal. El tipo, la forma, las manifestaciones del amor pueden variar según las fibras del alma y del cuerpo que ese amor toque; lo que no varía ni puede variar es la voluntad de entender, comprender, compadecer, compartir las vicisitudes que vive el alma del que se ama. Si esa empatía no existe, puede haber sentimientos y emociones que se confunden con el amor; pero rotunda e indiscutiblemente, amor auténtico no hay. 

¿Puede un político amar, auténticamente, a las personas que aspira a gobernar mediante leyes que determinarán su modo de vida? Hay que creer en esa posibilidad aunque sepamos que es tan remota como una utopía Si no creyéramos, moriría nuestra esperanza. Lo que sí podemos esperar sin ir tan lejos es en la voluntad de algunos políticos de gobernar por el bien común haciendo todo lo posible por imponer leyes que favorezcan la igualdad de todos los ciudadanos en todos los aspectos de la vida social, como cabe esperar que otros gobiernen a favor de quienes ostentan el poder que da el dinero, dejándoles hacer sin cargarles con impuestos y regulaciones e ignorando las necesidades y el bienestar de la mayoría de los gobernados, suponiendo que los propietarios del dinero y del poder ya se encargan, de alguna manera,  de irradiar el bienestar a la masa. Estas dos perspectivas determinan las dos ideologías que engloban todas las demás: el socialismo y el liberalismo. Los políticos de un campo u otro pueden defender las bondades del suyo con más o menos eficacia según sus dotes de oratoria, pero amar, lo que se dice amar a los ciudadanos que gobiernan o van a gobernar y a los que no son ciudadanos por su edad o por la falta de papeles  que otorgan esa categoría; amar, lo que se dice amar penetrando hasta el alma del que se despierta cada mañana y con él se despiertan las necesidades con las que tendrá que cargar todo el día cuya solución depende del gobierno; amar, lo que se dice amar es muy difícil, casi imposible para un político, sea cual sea su signo. Sumergido bajo miles  de papeles, apremiado por la necesidad de parecer y convencer, el político no tiene tiempo para dedicarlo a las exigencias del amor. 

Porque el amor auténtico exige. Exige despertar cada mañana imaginando lo que miles sentirán al saber que tienen la despensa y la nevera vacías y estómagos hambrientos que alimentar, aunque solo sea el propio. Exige despertar sintiendo la frustración de miles que saben que les espera un día de frustraciones buscando un trabajo que nadie les quiere dar por ser demasiado jóvenes para tener experiencia o demasiado mayores para garantizar energía y buena salud. Exige sentir lo que siente alguien que, teniendo la cartera vacía, volverá a llevar su desesperación a un funcionario para ver cómo va lo de la ayuda que necesita para sobrevivir, sabiendo que su solicitud espera bajo toneladas de solicitudes porque valen más las normas burocráticas que la vida de un ser humano. Exige ponerse en los zapatos de ese hombre o de esa mujer que, al salir de la oficina del funcionario, tienen que elegir a dónde se dirigen con tres opciones: pedir limosna en la calle o caridad a una ONG o robar comida.    

Ayer por la tarde pasé un rato contemplando una escena de egoísmo que helaba la sangre. La Asamblea Nacional de Cataluña había organizado un acto para celebrar la Diada. Fue un acto ejemplar. El ayuntamiento de mi pueblo permitió que se bloqueara toda una travesía. La Asamblea puso sillas a la distancia correcta y, para evitar aglomeraciones,  solo se permitió la entrada al acto a las personas que se hubieran inscrito. El acto consistía en la ofrenda floral al monumento de un héroe histórico y una serie de discursos. Carteles, banderas, camisetas y discursos exigían la liberación de los presos políticos, el retorno de los exiliados, la independencia de Cataluña. Nadie, absolutamente nadie, pedía al govern de la Generalitat que tomara medidas urgentes para paliar la situación de ancianos, enfermos, desempleados; la epidemia de pobreza que se extiende por todo el país. Clama por la independencia la mitad de los catalanes; la otra mitad se ignora como si no existiera. Las instituciones celebran el Día de Cataluña para la mitad independentista; se supone que la otra mitad no tiene nada que celebrar. Del gobierno abajo, todos los que exigen independencia como sea y ya, no dan señal de sentir con los que lloran por sus muertos, con los que agonizan solos en una residencia, con los que deambulan todo el día por las calles y en las calles duermen con tanto miedo a infectarse como los que tienen techo que les proteja. En Cataluña no le pasa nada a nadie que no tenga que ver con la independencia y la república porque los catalanes han dejado de existir en aras de un nacionalismo al que solo importa levantar otra frontera.

La situación sanitaria, económica y social de toda España es tenebrosa; lo sabemos todos. Tan tenebrosa que el miedo y la frustración tienen el terreno bien abonado para que germine el odio. Pero estamos todos tan frustrados y tan aterrorizados que ni contra el odio somos capaces de reaccionar. Pues más vale que reaccionemos. No podemos esperar amor de los políticos, pero sí podemos exigir respeto. Y sabiendo que contamos con el respeto de un gobierno que trabaja por nuestro bienestar, tenemos la obligación de apoyarlo, al margen de nuestros gustos y convicciones, por amor a nosotros mismos. 

Quien no se ama a sí mismo no es capaz de amar a los demás. Quien no se ama con amor auténtico, comprendiendo a ese otro que todos llevamos dentro; ayudándole a evolucionar, nunca será capaz de penetrar bajo otra piel para comprender, para amar a otro ser humano. Y lo peor, lo más irremediablemente trágico que puede ocurrirle a un egoísta es descubrir un día que el egoísmo le ha secado para siempre la capacidad de amar. A ese ya no le sirve ni cantar “Ay, amor, ya no me quieras tanto. Ay, amor no llores más por mi. Si no más puedo causarte llanto, ay, amor, aléjate de mi”. El egoísta que no ha amado nunca y que ya no puede amar, jamás tendrá ni siquiera el consuelo de alejarse de la cáscara vacía en la que le ha convertido su egoísmo. 

La esperanza de los valientes

(Publicado en La Hora Digital el 22 de agosto de 2020)

To be or not to be, dice Hamlet con la calavera del bufón Yorick en la mano. Meditar ante una calavera no llama al optimismo a menos que uno tenga fe en la inmortalidad del alma y en la existencia de un paraíso al que irán a parar los algo buenos o los menos malos; la bondad absoluta no cabe dentro de nuestros límites. El de la calavera dejó de ser un ser vivo. Ya no permite esperar que crezca, evolucione, se transforme, contribuya a transformar el mundo. En este mundo, era y ya no es. Simplemente se acabó, y con él se acabó para él toda esperanza. 

No hace falta ser filósofo, ni siquiera estudiante de filosofía,  para darse cuenta de que ser es un verbo perfectamente estático. Su contrario es el verbo esperar en su primera acepción: tener esperanza de conseguir lo que se desea. Esperar, en este sentido, es el verbo dinámico por excelencia y, por lo tanto, vital en todas las acepciones del término vital: perteneciente a la vida; cuestión de suma importancia; algo dotado  de gran energía o impulso para actuar o vivir. El inglés distingue entre esperar en una parada de autobús o en la consulta de un médico, por ejemplo, y tener esperanza de que ocurra algo bueno. El esperar que requiere paciencia se indica con el verbo wait. La espera cargada de optimismo que nos permite desear e imaginar un futuro mejor se expresa con el verbo hope, igual a su sustantivo, esperanza

El soliloquio de Hamlet se considera una expresión genial de la duda, pero es, al mismo tiempo, la confesión de la cobardía más radical. Hamlet afirma que si aguantamos todas las desgracias que tenemos que sufrir en este mundo, es por el miedo a no saber que vamos a encontrarnos después de la muerte. Es decir, que nos describe como cobardes existenciales. No nos suicidamos a la primera de cambio, no por el deseo de vivir, sino por el miedo a morir. Hamlet está paralizado por la duda y por el miedo y al final, la duda y el miedo causan la muerte hasta del apuntador. Evidentemente, si en vez del To be or not to be, Hamlet se hubiera planteado To hope or not to hope, tener o no tener esperanza, puede que hubiera llegado a la  conclusión contraria y que la obra de Shakespeare hubiera tenido un final feliz. Aunque hasta a Hamlet se le cuela la esperanza a pesar de la duda y el miedo que le paralizan. Terminada su meditación pesimista sobre la calavera de Yorick, el pensamiento se le va a su amada Ofelia y le sale un pero: Pero…la hermosa Ofelia, graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones. Perdida la confianza en todo cuanto este mundo le ofrece, Hamlet aún se aferra a la esperanza de la redención y, con ella, de la felicidad eterna. Porque aquí, lo que se dice aquí, en este mundo, sin esperanza no se puede vivir, como lo sabe la sabiduría popular que desde hace siglos repite que la esperanza es lo último que se pierde.     

Tener esperanza puede ser una actitud idiota cuando no se funda en algún aspecto de la realidad -dejo el trabajo porque espero que me toque la lotería, por ejemplo- o puede ser la actitud más inteligente cuando responde al convencimiento racional de que la realidad puede mejorarse si se actúa para mejorarla. La esperanza puede ser, en efecto, la espoleta que dispare nuestra voluntad para hacernos actuar. Pero, ¿cómo colocarnos esa espoleta cuando todas las circunstancias conspiran para arrastrarnos a la desesperación? En medio de una pandemia, sin vacuna ni remedio seguro, con un virus que, además de quitarnos la salud y hasta puede que la vida, cierra empresas y quita trabajos; en medio de ese horror, ¿se puede decir a alguien que se pinte la cara color esperanza y se ponga a cantar soñando con tiempos mejores? ¡Y una mierda!, puede contestar quien está preocupado o deprimido del todo, con todo el derecho a estarlo porque la cruda realidad le da la razón. Pero en medio de la preocupación y del dolor, podemos mantener viva la esperanza aunque no nos sirva de analgésico. Observar las instrucciones para no contagiarnos ni contagiar a nadie es una manifestación de la esperanza de sobrevivir. Utilizar el tiempo para buscar ayuda y ayudar; para buscar una salida a un negocio que ha tenido que cerrar las puertas y ofrecer la salida que se nos ocurra a quien se encuentre encerrado en la misma situación; utilizar el tiempo  para abrir nuevos caminos que nos permitan reorientar nuestra vida y conducir a otros a reorientar la suya; utilizar el tiempo para cargarnos de esperanza convencidos de que podemos transformar nuestro mundo inmediato entrenando constantemente nuestra voluntad para llegar a la meta que nos proponemos; luchar como se pueda con la esperanza de vencer  es una manifestación del amor a la vida, del deseo de vivir. Hace poco nos sobrecogió la cuidadora de una residencia de ancianos contando en la radio que una anciana murió aporreando la puerta de su habitación para que le abrieran. Esa mujer, tal vez enferma, tal vez con muy poco tiempo de vida, es un ejemplo de cómo la esperanza es capaz de mover la voluntad hasta el último límite. Murió aporreando una puerta cerrada con llave para que la dejaran salir. Murió con la esperanza de que alguien la abriera.

El To be or not to be de Hamlet es la frase más conocida, más popular jamás escrita. Tal vez porque a lo largo de los siglos desde que se escribió y se pronunció por primera vez, la mayoría se ha identificado con todo lo que implica esa cuestión; tal vez porque para la mayoría, vivir es cuestión de ser, de ser como sea porque a saber qué será cuando dejemos de ser; tal vez porque la mayoría es esencialmente cobarde. 

Cada cuatro años, más o menos, la cobardía de esos cobardes se revela en su elección del partido político al que entregan el poder de gobernar sus vidas. Los populistas de todo signo conocen a ese tipo de electores  y procuran convencerles  de que, si gobernaran otros, el país se hundiría en el caos. Los populistas saben que pintando el presente con las pinceladas más negras, aunque el resultado no tenga nada que ver con la realidad, se ganan el rechazo de los ciudadanos racionales y reflexivos, pero atraen a la masa de cobardes que prefieren tragar mentiras y soportar gobernantes corruptos, recortes salariales, recortes o eliminación de servicios públicos, de derechos, de libertades, de cualquier cosa por el miedo a los otros que los populistas les han instilado; por el miedo a que los populistas tengan razón y pueda ser peor lo que está por venir. Los populistas de todo signo luchan por el poder con la esperanza de que la masa cobarde constituya una mayoría suficiente para llevarles al triunfo, y en varios países del mundo lo han conseguido. Gracias a una crisis económica que afectó y aterrorizó a la mayoría, en esos países,  una mayoría de electores cobardes entregaron el gobierno, es decir, sus vidas, a políticos populistas que les engatusaron con promesas inconcebibles y que les siguen engatusando con inconcebibles mentiras. Los ciudadanos racionales y reflexivos se preguntan cómo es posible. La respuesta está en el discurso de Hamlet. Todos esos cobardes existen por no dejar de existir y renuncian a toda esperanza de transformar el mundo porque, como ellos, las cosas son como son y no pueden ser de otra manera.     

Pronto la realidad confirmará lo que parece ser una simple teoría. Uno de los partidos populistas de este país nos ha prometido una moción de censura al regreso de las vacaciones. Pero el líder de ese partido no será el único que evoque monstruos y monstruosidades para aterrorizar al personal. Casi todos los otros líderes recurrirán al marrón oscuro para pintar el país con tintes escatológicos. El convocante a la moción se ofrecerá  como adalid de España, único capaz de acabar con todas las fuerzas malignas blandiendo su flamígera espada milagrosa. Los otros líderes se anunciarán como los únicos detergentes capaces de limpiar toda la mierda que previamente habrán descrito. Y el presidente del gobierno, ¿que hará? Lo de siempre. Informar sobre la realidad sin colores ni matices y hacer un llamamiento a la esperanza. 

Es un axioma que sin esperanza no se puede vivir una vida plenamente humana. Decidir si se quiere vivir con esperanza o ir sobreviviendo con lo que depare cada día sin otra perspectiva que la muerte, es decir, irse muriendo al ritmo del tiempo, es un derecho. Cada cual tiene derecho a elegir si quiere quedarse quieto para que no le pase nada en el camino o si, como Machado, quiere vivir haciendo su propio camino con su esperanza hasta que ese camino llegue al final o hasta que se abra otro camino después, quién sabe.               

Los réditos del odio

(Publicado en La Hora Digital el 4 de septiembre de 2020)

Iba a escribir yo un artículo sobre el amor; última de las virtudes teologales que me quedaba por tratar. Hasta me puse a buscar en mi mente un título que, siendo bonito, no resultara sentimental. Me prometía un trabajo relativamente fácil. Tanto se ha escrito sobre el amor que era cosa de acudir a la memoria y cribar el relleno de lo sustancial para no extenderme demasiado. No sería difícil relacionarlo con la Política si enfocaba el tema en las virtudes ciudadanas. Total, que me auguraba un día de gloriosa inspiración cuando la voz de la radio me dio un mazazo en la cabeza que me dejó tonta. Donald Trump, dijo la voz, está recuperando posiciones en la valoración de sus compatriotas desde que ha radicalizado aún más su discurso justificando el asesinato como medio de imponer la ley y el orden. Me espabiló un subidón de adrenalina que me dispuso a huir. Mi razón intervino. ¿Adónde? ¿Cómo? Y un súbito bajón volvió a atontarme. Porque no es solo en América donde la atmósfera se oscurece cada vez más y se vuelve cada vez más pestilente. No es solo en América donde el proceso de evolución del homo sapiens parece haberse invertido. Es el mundo entero el que parece haberse detenido de golpe para volver a arrancar marcha atrás.

Todos, en todas partes, estamos enfermos, muy enfermos, pero no de un virus que ataca los pulmones -ese virus solo ha conseguido penetrar en una minoría, por el momento. Todos estamos enfermos de miedo; de miedo al contagio, si no nos hemos contagiado; de miedo a las consecuencias de la enfermedad, si ya la tenemos; de miedo a perder el trabajo, si no lo hemos perdido; de miedo a la pobreza; de miedo al extraño. Como si un germen maligno, mucho más peligroso que cualquier virus, se nos hubiera metido en el tuétano de los huesos y en el núcleo del alma, estamos mortalmente enfermos de miedo, y el miedo nos ha debilitado las facultades convirtiéndonos en víctimas fáciles de estafadores que nos venden protección.

¿Qué nos está pasando? ¿Secuelas de la gran recesión? Pero la gran recesión se estaba superando en todos los países desarrollados. En España hubo un cambio de gobierno y el nuevo enseguida empezó a tratar las lesiones que nos había causado el viejo con su obsesión de imponer la austeridad a los ciudadanos rasos mientras dejaba hacer a los económicamente importantes y a los corruptos. Y entonces llegó el virus y empezó a llenar hospitales y a llevarse vidas al otro mundo. Pero enfermos y muertos no son más que cifras para los que están sanos y no tienen ni enfermos ni muertos a quienes llorar. El miedo al virus se controla poniéndose mascarillas, guardando distancias, lavándose las manos. ¿Por qué, entonces, se está extendiendo por el mundo un pánico paralizante; un pánico que ataca la razón, la voluntad, la esperanza, convirtiendo a seres humanos inteligentes en peleles a merced de los estafadores?

Hordas de negros furiosos toman las calles del país de la libertad y los sueños de progreso, amenazando la paz de familias honestas de probada rectitud, laboriosas de lunes a viernes, fieles asistentes a los servicios religiosos cada domingo; familias con buenos sueldos que no requieren la asistencia del estado porque se pueden pagar seguros; familias blancas. Naturalmente, esas familias escuchan y bendicen al hombre que promete librarles de la horda de negros, negros cuyo origen común es el de los esclavos a quienes se impedía aprender a leer y escribir; negros que luego recibieron una pésima educación en colegios de negros; negros que se hacinan en barrios de negros decorados con la suciedad que acompaña a la pobreza; negros que se aprovechan de los impuestos que pagan los blancos con buenos trabajos, pidiendo constantemente asistencia al estado para sobrevivir si no lo consiguen, como la mayoría de los suyos, con la delincuencia. Ese hombre dispuesto a librar a los americanos blancos de la epidemia de negros y emigrantes pobres dedicó su campaña electoral a decir la verdad sobre el peligro que para los americanos blancos suponían los negros y los emigrantes pobres. Ese hombre demostró su valentía y su honestidad atreviéndose a decir la verdad sobre esas lacras que amenazaban al país, cuando los ingenuos y los cobardes habían conseguido imponer un lenguaje políticamente correcto para declarar y hacer respetar la igualdad de todos los americanos. Y a cambio de exponer su fama, su prestigio, por decir la verdad, ¿qué pedía ese hombre valiente? Poder, solo poder. Lo dijo Jesús según el evangelio de Mateo: “Buscad el reino de Dios y su Justicia y lo demás se os dará por añadidura“. Y en nuestro siglo ya no hay quien no sepa que el reino de Dios y la Justicia pertenecen a quien tiene el poder y que es el poder el que da, por añadidura, todo lo demás. Admirados de su valentía y aterrorizados por el panorama apocalíptico que les vaticinaba si no se refugiaban bajo su protección, los americanos entregaron a Donald Trump todo el poder.

Hace muchos años que el poder pintó de oro a todo lo americano convirtiendo a la primera superpotencia del mundo en envidiable e imitable. En cuanto accedió al poder, a Donald Trump le salieron imitadores por todas partes. La idea de simplificar al máximo el discurso político y la tarea de gobernar descendió sobre las cabezas ideológicamente afines de los aspirantes a ganar elecciones como la llama divina en Pentecostés. Profetiza la distopía más negra -las distopías, como las películas de terror, gustan mucho al personal, como demuestran las audiencias-, preséntate como superhéroe a la cabeza de muchos superhéroes dispuestos a salvar al mundo, y una mayoría sin ganas de cansarse el cerebro pensando en política, te votará. Así de simple. Que se lo pregunten a Bolsonaro, a Casado, a Abascal, por ejemplo. ¿Alguien les ha oído exponer alguna vez un programa de gobierno?

Todos los que ocultan sus convicciones retrógradas haciéndose pasar por liberales o conservadores o centristas se han impuesto la norma de no exponer jamás en sus discursos sus ideas, sus proyectos, sus programas para gobernar. ¿Qué interesa al populacho? ¿Las películas de terror? Pues nada, a relatar un futuro terrorífico bajo gobiernos socialistas. Nada de amor. El amor está tan pasado de moda que a los buenos sentimientos se les engloba hoy en el término despectivo de “buenismo”. No le digas a quien gana poco y le duele que, encima, le cobren impuestos; no le digas a quien gana mucho y le duele tener que pagar impuestos también; no digas a todos esos que hay que rescatar una patera con hombres, mujeres y niños que está a la deriva en el mar. Dile que son negros que vienen a robar, a violar mujeres, a quitarnos trabajos y subsidios, a conseguir vivienda y atención sanitaria gratuita que los gobiernos socialistas niegan a los españoles. Diles que no les dejarás desembarcar, como hacía aquel italiano tan macho, y verás cómo te aplauden. Y quien dice negros, dice mujeres. ¿A dónde van a parar los hijos, la familia si se permite a las mujeres faltar el respeto a los maridos y las dejan que decidan cuándo quieren parir? Y quien dice mujeres, dice homosexuales, decididos, ellos, a extinguir la especie. ¿Y los toros? Nos quieren quitar los toros porque en las corridas se tortura y se mata al animal. Los buenistas conseguirán que se prohíba el fútbol porque en el fútbol se dan golpes y patadas al contrario. Y quien dice fútbol, cualquier otra cosa, porque los buenistas socialistas comunistas prohíben hasta que cualquiera se enriquezca porque te quitan todo lo que ganas para repartirlo entre los emigrantes y los vagos. ¿Que muchos se darán cuenta de que lo que dices es mentira? No les importará. Si consigues encenderles el odio y no dejas de aventar el fuego dándoles razones para odiar a quienes predican la igualdad, no se preocuparán por contrastar lo que digas. Tienes que hacerles entender que el buenismo no produce nada; que el odio, por mal visto que esté, es lo que deja réditos y esos réditos estimulan las inversiones y esas inversiones estimulan la economía del país. ¿Que solo te votarán egoístas que viven encerrados en su valvas, cobardes aterrorizados, fracasados resentidos, seres infrahumanos? Mientras sean millones, ¿qué más te da?

El siglo pasado vio la venganza de los dioses que narran varias mitologías antiguas. Los seres humanos evolucionaban demasiado a prisa y los dioses decidieron detenerles antes de que rivalizaran con su poder. Una pandemia, una gran recesión y dos guerras mundiales consumieron sentimientos, valores; desmintieron la bondad, el amor. Pero fue un siglo de grandes inventos. Se inventaron y triunfaron nuevos medios de diversión para aliviar las penas y las preocupaciones; para que las pobres víctimas del egoísmo y del odio no tuvieran ni tiempo ni ganas de pensar quienes habían causado tanto sufrimiento. Nuestro siglo ya lleva una gran recesión y una pandemia, pero la tecnología ha avanzado tanto, que ya no hay dolor que no se alivie ante una pantalla y queda muy poca gente que no tenga pantalla en la que aliviar su dolor.

Entonces, ¿no hay esperanza de volver al esfuerzo por humanizarnos? El “buenismo” socialista sigue ganando elecciones aquí y allá. Aquí y allá, millones de seres humanos aún sienten y manifiestan el amor que no es, al fin y al cabo, otra cosa que empatía, la capacidad de penetrar en la piel hasta el alma del otro para compartir emociones y sentimientos. Hay esperanza y la habrá mientras existan seres humanos. Sin esperanza, el ser humano no puede vivir.

Los peligros de la fe

La Iglesia atribuye a Dios la potestad de infundirnos, con la gracia que recibimos en el bautismo, las llamadas virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Todas las religiones atribuyen al dios que cada cual adora todo lo que se le ha pasado por la cabeza a sus, llamémosles teólogos, es decir, estudiosos de Dios, para entendernos. 

Pero aquí no interesa estudiar el asunto de la religión en cuanto a la relación del hombre con Dios, ni de las religiones en cuanto a los dogmas y las leyes que los hombres han concebido para ligar a los fieles al particular concepto que tienen de sus dioses; dioses que, evidentemente, han sido creados a imagen y semejanza de los hombres. Aquí interesa la Política, la relación del hombre, macho o hembra,  en cuanto ciudadano, con la sociedad de ciudadanos y, en una democracia, especialmente con los ciudadanos elegidos para gestionar los asuntos de la convivencia en sociedad. Para entender la Política es necesario comprender y pensar la fe, la esperanza y el amor por ser tres virtudes esenciales en la relación de un hombre, macho o hembra, consigo mismo y con los demás; tres virtudes que, por lo tanto y obviamente, determinan la vida personal de cada cual y, por ende, de la Política. 

Empecé en mi artículo anterior por la esperanza, virtud amable y siempre positiva que actúa como el combustible que nos anima a vivir y a mejorar nuestra vida. La fe y el amor no son tan amables como suenan. Son virtudes que, si no se les dedica reflexión, pueden ser peligrosas, muy peligrosas. Tan peligrosas son que están a punto de cargarse el mundo. Aquí procuraremos analizar los peligros de la fe. 

En su tratado Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno justifica la fe en Dios por una razón desesperadamente egoísta. Necesitamos creer en Dios, dice,  porque es el único que nos puede garantizar la inmortalidad. Con tintes aún más trágicos lo pinta en  su nivola San Manuel bueno y mártir sobre  un santo varón que predica a sus feligreses la doctrina de la Iglesia para que sean felices, sufriendo él la tragedia de no creer en lo que predica. Yo, la mujer María, como diría el mismo don Miguel, no quiero, de ninguna manera, vivir con un sentimiento trágico a cuestas ni tragarme doctrina extraña alguna para que me haga la vida soportable. Quiero vivir disfrutando la vida, es decir, evolucionando, con la esperanza, sí, de que mi vida no deje de evolucionar hasta que el cuerpo se me pare. Con la esperanza, sí, de que la vida de mi alma continúe eternamente, pero no porque he creído y observado una doctrina ajena, sino porque me da la gana de creer que el alma es inmortal. Por eso mismo creo en un Creador, un Ser que me creó y del que yo no puedo saber nada que no me cuenten los que dicen saber, a saber Dios cómo, pero del que no quiero que nadie me cuente nada porque no me hace falta. Creo en el Creador como creo en mis ascendientes, en el que creó al hombre, macho y hembra, para que siguiera creando. Creo que el Creador me creó como un eslabón más de la cadena de creadores por ser de la estirpe del Creador. Creo en ese Creador porque me da la gana y contra eso no puede haber razonamiento alguno que se oponga. Mi fe no depende de nada infuso ni de argumento alguno físico o metafísico; mi fe  no depende de otra cosa que de mi propia voluntad y creo firmemente que de la propia voluntad depende la fe de todo el mundo.  Podría decirse que esta es la fe del carbonero en su sentido más radical, pero la cosa no es tan simple.En el hecho de que la fe depende de la voluntad de cada cual, radica su grandeza y radica su peligro, un peligro que puede ser mortal.

La fe en dioses creados por los hombres, enmarañada en casi todas las religiones con una doctrina tan elaborada como cualquier código legal, ha construido muros de prejuicios para separar a los seres humanos; ha causado y sigue causando odios, muertes. ¿Se puede atribuir a un Creador el desprecio y hasta el odio a sus propias criaturas si esas criaturas no observan los dogmas y las leyes que se han dictado en su nombre? Se hace, negando a ese dios el atributo supremo del que deberían depender todos sus otros atributos: el atributo del amor; un amor universal, absolutamente incondicional, perfecto y eterno. ¿A qué conduce la fe en un dios que no ama por encima de todo lo demás?  

La fe en uno de esos  dioses que no aman no ha dejado de causar guerras desde que los hombres se inventaron su existencia. La fe en uno de esos dioses radicaliza a jóvenes considerados normales empujándoles a matar a seres humanos que no comulgan con su misma fe. La fe en uno de esos dioses justifica que el más fuerte prive de sus derechos al más débil condenando a millones de mujeres a la sumisión, por ejemplo, sumisión que solo es posible forzar porque la testosterona otorga al macho mayor fuerza física. Por la misma razón, machos adultos someten a niños indefensos obligándoles a satisfacer sus instintos, contando con el perdón de su dios. Porque eso sí, casi todos los dioses concebidos por hombres perdonan, lo perdonan todo porque así lo concibieron quienes sabían que no hay hombre sobre la faz de la tierra que no necesite perdón y que la fe en el perdón de dios permitiría todas las inmoralidades y las barbaridades que inmorales y bárbaros pudieran cometer. Esas inmoralidades y barbaridades incluyen delitos punibles por las leyes de los hombres, pero también daños gravísimos contra el ser humano que ningún código recoge porque los sentidos no los pueden detectar. El daño más grave a la humanidad que han infligido durante siglos y siglos los creadores de dioses que no aman es inculcar en las mentes la fe en esos dioses, mover a las voluntades a depositar su fe en ellos, en sus creadores, en quienes legislan en su nombre. Lo que nos lleva a la Política.

La industrialización trajo el capitalismo y el capitalismo relegó a Dios, al Dios Creador y a todos los otros dioses  a un segundo plano en la vida de los individuos y de las sociedades. La fe se desplazó al dinero, poder omnipotente que hoy rige la vida de los pobres y los ricos por igual. El dinero determina hoy no solo la  calidad de vida, no solo la relación del hombre con la sociedad; determina hasta la relación del hombre consigo mismo. Por supuesto, el dinero determina la Política. 

La fe en el poder del dinero y el prestigio social que el dinero otorga hoy  empuja a  muchos jóvenes a meterse en política, la política con minúscula, el politiqueo de los partidos,  buscando un prestigio que no encuentran en su conciencia de sí mismos; un prestigio que otorgan los demás a quien tiene poder, poder que, en nuestra sociedad capitalista, solo da el dinero. En su afán de trepar por la escala social, estos jóvenes ambiciosos y codiciosos llegan a ignorar la doctrina de la religión que dicen profesar y que, para quedar bien socialmente, en apariencia observan. Es así como un partido que defiende públicamente la doctrina y a la jerarquía de una religión supuestamente cristiana, puede practicar sistemáticamente la corrupción hasta el punto de ser condenado por la justicia como partícipe a título lucrativo de la corrupción de sus dirigentes. Que esta contradicción afecta gravemente a la gestión de los recursos de la sociedad es una evidencia. 

Pero lo más grave es que ese desplazamiento de la fe, desde lo sobrenatural al más crudo materialismo, no solo mueve a líderes políticos; mueve a todos los ciudadanos. La mayoría de los ciudadanos ha depositado su fe, no en los políticos que muestran una conducta regida por valores humanos, sino en aquellos que exhiben éxito económico y social, sean cuales sean los valores que informan su criterio. Esto explica que millones voten a un partido condenado por corrupción o a líderes que utilizan habitualmente la difamación y la mentira para desprestigiar al adversario, aún cuando se demuestre objetiva e indiscutiblemente que han robado, que han difamado y que han mentido. 

¿Cómo es esto posible? Lo es porque la fe depende de la voluntad y la voluntad de creer en una cosa o en otra depende de la conciencia de cada cual. Lo es porque la mayoría no reflexiona sobre el objeto de su fe. Lo es porque para ahorrarse el esfuerzo de reflexionar, la mayoría opta por depositar su fe en aquello en que supone que la depositan los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás, para la mayoría, se dividen en dos grupos: aquellos con los que, por diversos motivos, siente afinidad y una masa de extraños que, para entendernos, no considera de los suyos. Lo que nos conduce a una conclusión que expone la auténtica tragedia de la vida; el grave peligro que amenaza el bienestar de todos, que impide la evolución de los seres humanos. La fe depende de la voluntad y la voluntad depende de la maraña de creencias, sentimientos y emociones que conforman la psicología de cada cual.

Quien no tiene la honestidad incorporada a su criterio de valores, vota al partido que considere más exitoso aún sabiendo que su éxito depende de la corrupción y de la mentira. Quien no considera a la empatía como afecto esencial de la naturaleza de un auténtico ser humano vota a un partido que predica el desprecio, el rechazo  o el odio al extraño, al diferente; siendo extraños y diferentes los débiles que se pueden aplastar aunque solo sea para demostrar la superioridad que hace más soportable la vida del acomplejado. 

Las personas que sufren este tipo de taras psicológicas son millones, luego son millones los votos que pueden ir a parar a los partidos que tienen como principal objetivo eliminar la igualdad de los ciudadanos; eliminar los derechos y libertades que otorga la democracia; frenar la evolución de los seres humanos y hacer que la humanidad retroceda a los tiempos en que el poder absoluto lo ostentaban los más fuertes, los más salvajes. 

¿Cómo puede evitarse este desastre total? Entendiendo con  perfecta claridad que el voto jamás debe emitirse por fe. Que a la hora de votar nadie tiene derecho a prescindir de un análisis racional de los programas de los partidos y de las trayectorias de sus candidatos. Entendiendo que con nuestro voto nos jugamos la vida y la vida de todos los demás.        

Ser o no ser en septiembre

(Publicado en La Hora Digital el 14 de agosto de 2020)

Septiembre se acerca inexorablemente, monstruo de dos cabezas, a cual más horrible. Una de las cabezas vomita una sustancia negra pestilente y ráfagas de fuego. Profiere una amenaza que puede conmocionar al mundo. “Moción de censura”, grita, y solo de imaginar la porquería que vomitará su boca en el Congreso, todo el cuerpo de limpieza del magno hemiciclo tiembla de terror. La otra cabeza grita más, grita constantemente entre risas. No huele mal. Huele a colonia. Y no amenaza con incendiar el mundo, pero a juzgar por el pánico que agarrota las caras de todos los maestros del reino, tiene más peligro que cualquier moción de lo que sea. En esa cabeza gigantesca pueden verse las caras de todos los niños que en septiembre llenarán las escuelas. “Locos bajitos”, les llamó una canción. Locos bajitos con una inquietante inteligencia en los ojos que revela su poder y su voluntad de poner el mundo patas arriba contagiando a todos su locura. Esos niños se mueven, se tocan, se escupen y de sus delicadas boquitas sale un aliento fresco en el que pueden esconderse, invisibles, millones de virus con horribles punchas que vuelan  a clavarse en los pulmones de jóvenes y viejos. A los pobres maestros les tocará la misión imposible de mantener a esos niños quietos y callados. Puede que la observancia de los protocolos desatasque las UCI, pero, que se sepa, ningún gobierno ha previsto el probable atascamiento de los psiquiátricos.

Septiembre, terrible amenaza, como los idus de marzo de aquel año precristiano que empezó con un baño de sangre y acabó con la República de Roma. Aquí algunos quieren acabar con la monarquía, pero sin más armas que la lengua y los dedos para poner a parir  en las redes al rey dimitido y al ejerciente. Menos mal. Septiembre nos augura quebraderos de cabeza, más que otra cosa, aunque los agoreros exhiben más mala leche que el vidente que advirtió a Julio César del peligro mortal que le acechaba aquel aciago día en el Senado. Hoy me toca a mí profetizar, como me tocó hacer el papel de vidente en una lectura en clase del Julius Caesar de Shakespeare. Beware the ides of March, (Cuidado con los idus de marzo), clamé cuando me tocó.  Yo, que era muy impresionable, me lo tomé tan en serio que pregunté al alma de Julio Cesar por qué no se quedó en su casa cuando el vidente le advirtió del peligro. Ahora sugeriría a todos mis compatriotas: ¿por qué no nos quedamos todos en casa durante todo el amenazador mes de septiembre? 

Con calma, me aconseja mi razón. Bastantes desgracias hemos sufrido y seguimos sufriendo como para, encima, desgraciarnos los quince tristes días que nos quedan de vacaciones. Si algo no necesita este país, con todo lo que tiene encima, son agoreros que pinten lo que nos espera de marrón oscuro. Hay que pintarlo de verde, verde esperanza, con un poco de humor, sobre todo humor, que el humor no falte. 

¿Que no falte qué, cómo?, me pregunto con los labios torcidos por una sonrisa forzada. Lubitsch, me dice la memoria, Ernst Lubitsch. Es verdad, exclamo como exclaman su  eureka los descubridores de algo. Ernst Lubitsch y Edwin Mayer escribieron en 1942 uno de los guiones más descacharrantes de la historia del cine burlándose de los nazis y hasta del mismísimo Hitler. To be or not to be se llamó la película, como el célebre soliloquio de Hamlet. Lo único objetable es que se estrenó cuando las tropas alemanas ya tenían invadida y muerta de hambre a la mayor parte de Europa y los muertos de esa pavorosa guerra mundial ya se contaban por millones. Nada que ver con el momento presente. Estamos en guerra contra un virus mundial, es cierto; los muertos en el mundo se cuentan por millones, cierto también; cuando esto termine serán millones los que se quedarán pululando por sus vidas con una mano alante y otra atrás, pero, por lo menos, no hay bombas que arruinen las calles. Y ya que el asunto no tiene remedio, ¿por qué no sacarle una sonrisa? Mel Brooks siempre tuvo ganas de emular a Lubitsch y probablemente de superarle en su ridiculización de las bestias teutónicas. En 1983 produce una nueva versión de la película de Lubitsch respetando el guión, pero añadiéndole un poco de picante según su estilo. Memorable es su  Hitler, representado por el mismo Brooks, cantando un rap auto reivindicativo. Lástima que no saliera ni un Lubitsch ni un Brooks ridiculizando a Hitler antes de que las mentes endebles sucumbieran a su poder hipnótico y le auparan a la Cancillería de Alemania. Si hubieran visto en sus discursos al payaso histérico que vemos ahora, el partido NAZI no hubiera superado en votos ni a Ciudadanos y el mundo se hubiera ahorrado millones de muertos.   

Pero en esta España nuestra no tenemos ni siquiera un Hitler de reparto a quien ridiculizar.  Una cosa es sentarse a disfrutar del espectáculo de unos genios de la comedia y otra encontrarle la gracia  a los líderes que salen a la tribuna de nuestro Congreso con pose, entonación y discurso de actores de tercera en un casting, dispuestos a convencer de que se van a comer el mundo. Yo los veo y los oigo y lo único que su actuación me sugiere es el poema más deprimente de Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio…”  

Que la vida va en serio es lo primero que intentará recordarnos el de Vox si decide postularse él mismo como presidente del gobierno en su moción. Pero aunque el volumen de su pecho desafíe los botones de su camisa, ¿quién se lo va a tomar en serio a él cuando empiece a despotricar pintando con los trazos más exagerados un país y un gobierno dignos de las pinturas negras de Goya? Hasta Pedro Sánchez tendrá que hacer esfuerzos por contener la risa, como una vez le pasó. Así que, mira por dónde, tal vez no sea imposible invocar al humor. Sale Casado con aires de entendido y empieza a equivocarse en fechas, cifras, citas cultas.El entendido de verdad empieza sonriendo y acaba a mandíbula batiente. Claro que lo más de lo más sería encontrar algún subterfugio legal para que Díaz Ayuso pudiera hacer de portavoz del PP en el Congreso aunque solo fuera durante la moción de censura. A Díaz Ayuso se le puede criticar todo lo que tenga que ver con su gestión al frente de Madrid, pero nadie puede negar que la magnitud de sus disparates la hace digna competidora del mejor de los Stand Ups. Monólogos de Stand Ups parecen también las intervenciones de Álvarez de Toledo, pero es tan antipática la pobre que no invita ni a sonreír. El que sí produce sonrisas es Gabriel Rufián. Intentando hacer honor a su apellido, se planta en la tribuna en plan gallito de pelea, hincha el pecho, estira el cuerpo y profiere amenazas,  pero algo tiene el chico que inspira ternura, como esos rufianes que en los colegios desarman a una profesora con una sonrisa y consiguen hacerse favoritos a pesar de su mal comportamiento. Las intervenciones de Adriana Lastra son demasiado serias para cerrar un espectáculo así, aunque si el día de la moción de censura se le ocurre una ocurrencia como aquella que la llevó a rebautizar a un líder del PP con el nombre de cacatúa, la moción puede terminar con carcajadas y aplausos atronadores.

En fin, que quien se lo proponga puede encontrarle el lado chistoso a cualquier cosa, por negra que parezca. Los griegos, descubridores de casi todo, representaban a Talía, la musa de la comedia, y a Melpómene, la musa de la tragedia, con máscaras que los actores se ponían para informar  al público de la índole de su personaje. Solo un genio como Charles Chaplin consiguió transmitir la ambivalencia del alma humana como lo hizo en su película El gran dictador. La película termina con uno de los discursos más humanos que persona alguna ha escrito o pronunciado. Todo lo que nos ha pasado, lo que nos pasa, lo que nos pasará solo tiene una explicación y una solución posible. Todo está en el discurso de Chaplin. Si nos sigue pasando lo que nos pasa es porque siempre han sido muy pocos los que quieren escuchar.

Ricardo Darín pronuncia el monólogo de Charles Chaplin en su película “El gran dictador”.

La nueva normalidad de un gobierno anormal

La nueva normalidad de un gobierno anormal

(Publicado en La Hora Digital el 28 de junio de 2020)

Hace varios días que oigo y leo a presentadores, analistas y tertulianos burlarse del término nueva normalidad; calificarlo de disparate, de horrible neologismo, hasta de espeluznante. Con la cara de tonta que me dejó tan virulento rechazo a un nombre precedido por un epíteto común y corriente que se limita a calificar de nueva a la normalidad que hoy se impone, empecé a preguntarme por qué tanta alharaca. 

Vamos a ver,  ¿qué es normalidad? Cualidad o condición de normal, dice la RAE, ¿qué va a ser? Vale. ¿Y qué significa normal? Otra vez según la RAE, normal es lo habitual, lo ordinario, lo que se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Muy bien. Y en términos sociológicos, ¿quién fija esas normas? Superficialmente, antes de meternos en berenjenales políticos, digamos que las normas que rigen el comportamiento que una sociedad considera normal, son las que acepta e impone la mayoría de los individuos de esa sociedad. O sea, que la sociedad considera normal a las normas que la mayoría considera normales, y al revés, considera anormal el comportamiento que no corresponde a esas normas. O sea, que al final se trata de una cuestión de pura estadística. ¿Así de sencillo? Así de sencillo. Teóricamente no hay nada más que decir. De acuerdo, pero la mayoría no siempre ha aceptado las mismas normas. Las normas cambian, como cambian los individuos con el tiempo. Luego lo que era normal puede dejar de serlo. Es decir, la normalidad puede hacerse vieja y ser sustituida por una normalidad nueva, ¿no? 

Hasta aquí mi interrogatorio socrático porque al llegar a este punto, mi mente se llenó con un aluvión de ejemplos. Me limito a los más recientes. Hace relativamente poco tiempo, se consideraba normal la sumisión de la mujer al marido y de la familia, a los preceptos de la Iglesia. A partir de la muerte del Caudillo, esa normalidad pasó a considerarse anticuada, retrógrada. Se impuso una nueva normalidad. Se normalizó, por ejemplo, que los jóvenes salieran de fiesta los sábados a última hora de la noche y llegaran a sus casas  entrada la mañana de  los domingos. Nueva normalidad. Se consideró normal que los jóvenes fueran a ligar a las discotecas donde el volumen de la música impide mantener una conversación, es decir, comunicarse hablando. Aún así, es normal que se ligue y que ligar culmine en relaciones sexuales en un coche o donde se pueda si los involucrados carecen de vivienda propia. Al margen de juicios morales, estéticos o de otro tipo, esa conducta se considera normal. Nueva normalidad. A mi edad he sido testigo de tantas nuevas normalidades que no entiendo el revuelo armado por quienes hoy consideran a lo de nueva normalidad un neologismo inaceptable. ¿Neologismo de qué? Me lo expliquen, por fa, como se dice en la jerga hoy considerada normal. 

Saltando al presente, resulta que de pronto dos anormalidades han anormalizado nuestras vidas: una pandemia y un gobierno anormal. 

El gobierno, constituido por anormales, ha tomado en seis meses medidas anormales, anormales por ser contrarias a la normalidad imperante. El gobierno se da cuenta de su anormalidad y lo reconoce. No piensa rectificar, no piensa volver a la normalidad que teníamos antes del cambio de gobierno y así lo manifiesta en un decreto ley que esboza una nueva normalidad. Esa nueva normalidad se refiere a una serie de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para seguir enfrentándose a la pandemia, pero también a unas medidas que indican, sin lugar a dudas, la intención del gobierno de transformar la vieja normalidad impuesta por el Partido Popular aprovechando la Gran Recesión de 2008, en una nueva normalidad que imponga valores humanos contrarios a la deshumanización del capitalismo salvaje

No voy a repetir en qué consistió la normalidad durante la era Rajoy. Lo saben de sobra bancos, empresarios y millones de víctimas de la reforma laboral. Sobre lo que vale la pena reflexionar en estos momentos es si los valores pueden imponerse; si imponerlos no suena antidemocrático. Vamos a ver. La Iglesia, protegida por Franco, impuso las creencias y la moral del nacional catolicismo que impregnó la existencia de todo individuo, de la sociedad entera durante cuarenta años. Pero esas normas las impuso una dictadura, se puede argüir. Sí, y la mayoría las aceptó por obligación, pero las hizo suyas como si las hubiera decidido  la conciencia de cada individuo. No hizo falta meter en cada barrio un comité de vigilancia que impusiera el cumplimiento de las normas, como hacían el comunismo soviético y sus satélites ideológicos. En cada casa había policías políticos que velaban por que la familia no se apartara de la normalidad; no cayera en lo que estaba mal visto. Unos por convicción y otros por miedo, la mayoría aceptó e impuso a los demás las normas que dictaban el gobierno y la Iglesia. Solo las familias desestructuradas, pobres, claro, y los rebeldes por convicción iban a su aire. Pero los pobres no cuentan y los rebeldes acababan en la Dirección General de Seguridad o, con suerte, en el exilio. Lo curioso es que tres años de guerra bastaran para hacer que la mayoría olvidase la libertad y los derechos que había podido disfrutar durante la república. La explicación salta por evidente: el miedo dobló todos los espinazos. Pero no solo fue el miedo, fue también la decepción ante la inseguridad, el desorden, el caos en el que hundieron el país unos irresponsables que confundían la libertad  con el derecho a hacer lo que les viniera en gana sin respetar la libertad de los demás. La libertad y los derechos, la nueva normalidad, habían llegado de la mano de las izquierdas. Y las izquierdas ofrecieron el espectáculo de una pelea de gallos en las que no faltaron ni la sangre ni la muerte. La mayoría de los españoles aceptó de buen grado el orden y la paz que impusieron los que habían causado la guerra. 

Esa historia de anormalidades y normalidades que a muchos suena a batallas del abuelo quiere repetirse hoy camuflada de modernidad, pero con trazos surrealistas. Cuando Pedro Sánchez decide embarcar al Partido Socialista en la aventura de un gobierno de coalición con la izquierda, entonces populista, de Unidas Podemos, nadie puede dudar de su anormalidad. En el extremo opuesto, las derechas parecen unirse en una especie de  Frente Popular al revés. Parece que quieren imponer las normas económicas y sociales de la era franquista, pero peleándose contra el gobierno y entre sí con la violencia y la grosería de las peleas de gallos de las izquierdas de otros tiempos. ¿Qué normalidad ofrecen? Por el momento, nadie lo sabe muy bien. El gobierno anormal deja la gallera a los nuevos gallos y se pone a gobernar con orden y sensatez. Pablo Iglesias renuncia a sus ideas y a sus prisas de bombero y a sus discursos incendiarios y se concentra en las tareas que exige su ministerio. Yolanda Díaz, comunista ella, resulta una Ministra de Trabajo ejemplar. Por una parte, decide y aplica las políticas progresistas  que exigen sus convicciones, pero con una cordura, una prudencia que el vulgo suele asociar al conservadurismo. Los otros dos ministros de UP se han adaptado sin problemas a un gobierno de coalición como si hubieran gobernado en coalición toda la vida. Pedro Sánchez trabaja. No tiene tiempo para sesiones de fotos ni eventos electoralistas. Trabaja e informa sobre su trabajo en el Congreso y en conferencias de prensa. El pico a pico con las derechas no es lo suyo. Los gallos le retan con auténtico salvajismo sin conseguir que se defienda con la misma ferocidad. Los españoles le eligieron para que gobernara y eso es lo que hace, gobernar. Las derechas y los medios afines no se tiran de los pelos por no ir enseñando clapas en sus cueros cabelludos, pero su desconcierto, su furia y su impotencia chillan en cada una de sus manifestaciones. Porque ante la realidad de un gobierno progresista que gobierna sin perder el tiempo, a las derechas y medios afines no les queda otro recurso que el de la mentira: el gobierno está dividido; el gobierno no gobierna; el caos se impone. Pero tan insólita se ha vuelto la realidad que vivimos, que nadie les cree por más que se esfuercen en colar bulos. ¿Qué está pasando aquí?, se preguntan atónitos. Pues nada. Se trata, simplemente, de la nueva normalidad.      

Ahora sí que necesitamos milagros

Ayer me desperté con un profundo desánimo. Me tocaba escribir artículo y solo aparecía en mi mente la palabra política sobre un fondo negro como cielo de noche sin luna ni estrellas. Mi último artículo terminaba con una pregunta asesina: ¿Para qué sirven las derechas? Ante el peligro mortal de una respuesta más horrible para la mente y las emociones que la más mortífera pandemia, mi mente cortó por lo sano con una respuesta terminante: Para nada.

Y ahí se hubiera terminado el asunto si ese nada no hubiera paralizado mi pensamiento dejando mi mente muda en la más negra oscuridad. Ayer por la mañana, en mi mente, nada; nada que no fuera repetir mis opiniones y las de aquellos que opinan utilizando la razón. ¿Hay alguien en España y parte del extranjero que no sepa ya lo que están haciendo las derechas para acabar con el gobierno y con las instituciones democráticas de nuestro país?

Buscando ideas para escribir algo sobre el asunto que no se hubiera repetido mil veces en medios y redes sociales, recurrí en la radio a una tertulia de corresponsales extranjeros que opinaban sobre la situación política en España. Todos decían lo mismo que dicen los pocos opinantes españoles que se atreven a decir lo que piensan. ¿Qué me quedaba? ¿Repetir? ¿Repetir que las derechas están preparando la destrucción de las libertades y de los derechos de los económicamente más débiles con la meticulosidad de científicos buscando remedios? ¿Repetir como los predicadores en el desierto que empezaron con Juan el Bautista y han seguido, por los siglos de los siglos, con todos los que han intentado despertar a la gente que dormita en el sopor del engaño para que advierta la voluntad de engañarles y se rebele contra quienes pretenden secuestrar su voluntad? Prédica inútil, la de Demóstenes luchando con su oratoria por salvar a Atenas de la ambición del rey macedonio siglos antes de Cristo; como inútiles las advertencias de políticos y pensadores de diferentes países que en el siglo pasado lucharon por inocular cordura en aquellos que habían sucumbido a la propaganda nazi viendo en Hitler al salvador de la economía de Alemania, de Europa, del mundo entero. Todo intento de hacer razonar a quienes se empeñan en creer lo que quieren creer contra toda evidencia ha fracasado aunque, una y otra vez, por los siglos de los siglos, el triunfo de su empecinamiento ha costado millones de muertos y la destrucción de civilizaciones que evolucionaban hacia niveles más altos de humanidad. Hoy, el triunfo de la propaganda y de las estratagemas de las derechas en Europa y en América acarrearía la destrucción de sociedades fundadas en valores humanos. Y sobre las ruinas, vuelta a empezar.

Me senté ante el ordenador con la mente en negro y el alma en una fosa. Empecé a leer titulares, a ver fotografías y vídeos en busca de algo que me pudiera resucitar. Por todas partes, montones de gente amontonada bañándose en las playas, haciéndose creer a sí mismos que no ha pasado, que no pasa, que no pasará nada, mientras bichos invisibles con la sonrisa maléfica que le ponen a sus memes volaban entre los cuerpos, entusiasmados ante tanto lugar apetecible donde meterse a comer pulmones. Comprendí que del bache en el que me estaba hundiendo la realidad solo podía sacarme la música. Decidí recurrir a mi canal de música para aliviar el impacto doloroso de las palabras, pero antes de que pudiera apretar la tecla, en mi memoria empezó a sonar una canción de mi juventud con letra y todo: A menudo pienso que este mundo, viejo y triste, está silbando en la oscuridad. “Joder, criatura, cómo estás”, me dije. “Busca piano, solo piano”.Y entonces oí en mi memoria la voz de mi madre cantándome de pequeña: Dame un silbidito, la canción que Pepito Grillo cantaba a Pinocho en una película que habíamos visto juntas. Si la memoria no me fallaba, la canción surgía del esfuerzo de Pepito Grillo por enseñar a Pinocho la necesidad de elegir siempre portarse bien y rechazar el mal. O sea, que planteaba un asunto de conciencia. “Lo que me faltaba ahora, mamá, ponerme con la Ética”, le dije, porque me dice mi fe que los míos pueden escucharme desde allí donde estén. Y seguro que mi madre me escuchó porque empezó a cantarme otra canción de otra película que cantábamos juntas muchas veces. Siempre que tengas miedo, levanta la cabeza y silba una melodía alegre para que nadie sospeche que tienes miedo.

Miedo, era miedo lo que tenía, lo que tengo es miedo; miedo a que la ignorancia y la estupidez vuelvan a convertir a mi país en un lugar inhabitable donde cada cual vaya a la suya, obcecado por su propia salvación, ignorando la salvación del vecino. En ese lugar, no habría por todas partes fotos del Gran Hermano como en el 1984 de Orwell. Habría carteles resumiendo la doctrina de las derechas: “Sálvese quien pueda”; doctrina con el mandato implícito de que quien no pueda se oculte de la gente de bien en las alcantarillas de los invisibles. Decidí bajar a El Coyote con la esperanza de que el sol de su terraza me iluminara el pensamiento y, como siempre, no me defraudó. Acababa de sentarme ante una mesa soleada cuando mi memoria se iluminó con los versos de mi poema favorito, de Emily Brontë: Mi alma no es cobarde, no tiembla ante el mundo arrasado por la tormenta/veo brillar la gloria del cielo/ y mi fe brilla igual armándome contra el miedo. Y como si de un milagro se tratara, empecé a escribir ideas en mi cuaderno de notas.

¿Para qué nos sirven las derechas?


Terminé mi último artículo con una frase que me salió del alma: “Dime para qué me sirves y te diré lo que vales para mí”. La frase se refiere al concepto de utilidad que determina la relación entre personas. No me voy a meter en el utilitarismo filosófico; no estamos para eso. Aquí voy a la relación entre personas que rige en la sociedad de nuestro país y de los países de nuestro entorno económico, ateniéndome a la realidad pura y dura. Y la realidad pura y dura nos dice que nos regimos por una máxima: Me importas en la medida en que me aportas algo que me interesa. Y en sentido negativo: Si no me aportas algo que me interesa, no me importas en absoluto.


Esta máxima parece surgir del puro egoísmo. Naturalmente. El egoísmo es el estado normal de todo individuo de cualquier especie orientado a su supervivencia. Tratándose de personas, el asunto se complica por dividirse nuestra especie en dos grandes grupos. Por un lado, el grupo de los homo sapiens, individuos que no han evolucionado hasta la plena humanidad, es decir, hasta la capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. Ese grupo procura su propia supervivencia a toda costa, aún a costa de los demás. Por otro lado, el grupo de los seres humanos. Al grupo de los seres humanos, de los que han alcanzado la plena humanidad, no le basta sobrevivir. Aspira a vivir feliz. Y el ser humano entiende que para ser feliz es necesario que los demás sean felices también. La España, los españoles de hoy, vivimos inmersos en una tragedia. Físicamente nos amenaza un virus que puede ser mortal. Física, psicológica y moralmente nos amenaza la lucha de unos homo sapiens dispuestos a todo para hacerse con el poder con el fin de hacerse con todo lo demás que les reporte un beneficio individual.


En España hay tres partidos estatales mal llamados de derechas que dicen de sí mismos ser liberales y a los que otros llaman, con un toque despectivo, neoliberales. Pero la realidad nos dice que los líderes de esos partidos demuestran con su estrategia que carecen de ideología. La política no es para ellos la administración de los recursos para el bien de los ciudadanos. Para ellos, la política es una lucha por llegar al poder, aunque sea a porrazos, con el fin de administrar los recursos para su propio bien y el de su partido. No les mueve, por lo tanto, una estrategia que pueda llamarse, con propiedad, política. Ateniéndonos a lo que los ciudadanos podemos percibir, estos líderes aplican lo que más bien parece una estrategia de matón de bar buscando camorra. Esta no es una metáfora descalificadora. Es una evidencia. Y solo si percibimos y entendemos bien esta evidencia podremos enfrentarnos al principal peligro que nos amenaza y que no es un agente infeccioso microscópico que la ciencia tarde o temprano derrotará. La verdadera amenaza que se cierne sobre nosotros es la destrucción de nuestra convivencia en una sociedad fundada en el respeto a los valores humanos; es decir, la destrucción de la democracia.


Algunos hechos que demuestran la afirmación anterior pueden encontrarse en el excelente artículo de Esther Palomera, La construcción de una mentira, que aparece hoy en infoLibre y en eldiario.es. Pero es profundizando hasta el fondo de esos hechos donde descubrimos el auténtico peligro. El auténtico peligro es confundir la Política con lo que son, simple y llanamente, estratagemas sórdidas, y confundir con políticos a individuos que solo son mercaderes de intereses que venden lo que sea a cambio de prebendas y privilegios. Esa confusión es lo que puede llevar a esos individuos al poder.


Los tres partidos de las mal llamadas derechas no tienen programas que respondan al arte de la Política. Es, por lo tanto, una falacia referirse a la política del PP, de Vox, de Ciudadanos, a menos que se especifique que no se utiliza el término en sentido estricto y, mucho menos, ético. Es, por lo mismo, falso que los líderes de esos partidos sean políticos. Basta repasar sus discursos, dentro y fuera del Congreso, para darse cuenta de que no aportan propuestas para el gobierno del país. Casado, Abascal y ahora Arrimadas, están, desde su derrota electoral, enfrascados en un discurso de mentiras, descalificaciones, insultos contra el gobierno elegido por los ciudadanos. No aportan nada más; nada más que un espectáculo barriobajero que, de paso, desprestigia a las instituciones y, por ende, a la misma democracia.


¿Qué piensa el ciudadano normal y corriente cuando lee u oye a periodistas, analistas y tertulianos de diverso pelaje hablar de la política y de los políticos de la derecha? Piensa que la política son los chanchullos de unos cuantos espabilados y que esos chanchullos no le interesan. ¿Qué piensa cuando lee u oye a periodistas, analistas y tertulianos de diverso pelaje decir o insinuar que todos los políticos son iguales? Piensa que no vale la pena votar. Esos comentaristas varios que meten en el mismo saco a auténticos políticos que procuran gobernar el país y a traficantes de intereses personales y partidistas hacen, con su pretendida neutralidad, una propaganda impagable a la abstención y, con ella, a las derechas.
Las mal llamadas derechas de este país han sobrepasado todos los límites que impone el buen gusto, la buena educación, la moral y hasta la cordura. ¿Qué persiguen con sus discursos inmorales y zafios? Muy fácil. Persiguen convencer y arrastras a las urnas a aquellos que carecen de buen gusto, de buena educación, de freno moral y a los perturbados. Esas personas que, por diversos motivos, carecen de facultades para entender y valorar un discurso racional, responden a quienes saben excitar sus emociones, y las emociones pueden llevarlas al fanatismo. El fanático siempre vota, y vota por el objeto de su devoción.
De todo lo que denuestan Casado, Abascal y ahora Arrimadas, en menos medida por conveniencia, provocando constantes conflictos más propios de programas del corazón y de los llamados realities, podemos deducir que, bajo su férula, los españoles nos enfrentaríamos a un convivencia conflictiva entre antifeministas, racistas, xenófobos, aporofóbicos y similares, y aquellos que rechazan estos delirios por considerarlos infrahumanos. ¿Quién quiere vivir en una sociedad así? Los perturbados. Si la falsa neutralidad de los que tendrían que informarnos logra convencer a una parte decisiva de los ciudadanos de que no vale la pena votar, junto a los ignorantes, los desinformados y los perturbados, todos los ciudadanos racionales tendremos que sufrir las consecuencias, como ahora las sufren quienes no votaron a Trump y compañía. Contra ese peligro luchan hoy los activistas que utilizan las redes para desbaratar los bulos y fakenews e informar de la verdad que los medios no quieren o no se atreven a divulgar. Un ejemplo: hace dos días, en la tertulia radiofónica nocturna de mayor audiencia, un tertuliano dijo que Sánchez no reconocía sus errores ni pedía perdón por ellos. Nadie le contradijo. Rápidamente subió a Twitter un vídeo en el que Sánchez, en la tribuna del Congreso, reconocía explícitamente haber cometido errores y explícitamente pedía perdón por los errores que hubiera cometido. Habrá que ver si el lunes se retracta la presentadora del programa. Pero aunque no lo haga, el vídeo ya ha llegado a miles de tuiteros, a miles de españoles que ya saben que lo que se dijo del presidente en esa tertulia era mentira. Las redes ya son parte del cuarto poder.


El capitalismo salvaje, parte de la ideología de la derecha con ideología, que también la hay en otros países, ha causado la desigualdad social y el desamparo a los más vulnerables que hoy sufren millones en los países más desarrollados. Pero la peor consecuencia de esa doctrina que sitúa al dinero y, por lo tanto, al consumo por encima de los seres humanos es haber instilado en las personas el concepto de utilidad que pervierte todas las relaciones. “Dime para qué me sirves y te diré lo que vales para mí”. El pobre no le sirve a nadie, lo que debería prevenirnos para no patinar hacia el abismo. Porque resulta que las consecuencias económicas de la COVID19 serán peores que las físicas. España se quedará con la secuela de millones de españoles pobres que, para sobrevivir, necesitarán la ayuda de un gobierno para el que todos los seres humanos valgan lo mismo por el hecho de ser seres humanos. Cuando las tres mal llamadas derechas de este país acusan al gobierno que tenemos de comunista, bolivariano y varios disparates más, lo que pretenden ocultar bajo los insultos es que se trata de un gobierno socialista y demócrata dispuesto a procurar por todos los medios que nadie que haya dejado de servir se quede atrás, para que todos volvamos a ser útiles para todos.

Un modo de superar los peligros que nos acechan es preguntarnos fríamente: ¿Para qué nos sirven las supuestas derechas?,

El abandono de los inútiles

(Publicado en La Hora Digital el 9 de junio de 2020 con el título “Si no son úntiles, se les silencia”).

Mi último  artículo iba sobre los viejos, esos seres deformes, arrugados por el uso, usados, tan usados que están para el descarte, esperando que el tiempo los descarte de una vez para que dejen de estropear el orden, la estética de una casa. Algunos jóvenes y otros que todavía no son tan viejos no quieren o no pueden esperar a que el tiempo haga esa definitiva limpieza de armario, y llevan a sus viejos a una residencia,  esos lugares concebidos para que los viejos esperen la muerte sin incordiar a las familias que aún tienen que buscarse la vida. Gran invento las residencias para conservar el orden burgués. Allí el inútil abuelito puede pasárselo muy bien conviviendo con otros inútiles abuelitos, y las familias pueden vivir con la conciencia tranquila sabiendo que el abuelito está bien cuidado y contento de vivir con otros abuelitos los últimos días que le queden en este mundo. .

Hasta que un día, como si Dios mismo se hubiera hartado de tanto abuelito contento y familia tranquila, se desata una horrible epidemia y la epidemia entra en esas residencias  iluminando las salas, las habitaciones, todos los rincones de esos sitios ideales para pasar las últimas vacaciones, y la luz revela al mundo la existencia de viejos, viejos  sucios, enfermos, muriendo sin que nada ni nadie pueda paliar su última angustia, sus últimos dolores, las últimas torturas de la soledad. Los expertos sanitarios imponen, con la mejor intención, que se prohíban las visitas de los familiares. Un gobierno infrahumano prohíbe que se lleve a los viejos enfermos a los hospitales.  El final de la tragedia se le deja al tiempo esperando que se dé prisa para que los viejos dejen de sufrir.

Pero de los viejos inútiles y de los gobiernos infrahumanos ya hablé en  mi artículo de la semana pasada. El domingo, a primera hora de la mañana, me topé con un tuit de James Rhodes, el hombre que dedica su arte al piano y su vida a despertar conciencias para acabar con las violaciones a los niños, esos otros seres a los que se alimenta y se viste y se educa para convertirlos en adultos productivos, pero a los que no se les hace ningún caso cuando ocurre algo que se sale del guión de la normalidad. A los niños no se les hace caso porque, en el fondo, no cuentan, porque en realidad son tan inútiles como los viejos inútiles.   

Pienso en una amiga, muy amiga, que me cuenta sus cosas. Sus padres se divorciaron cuando ella aún no tenía seis años. Falsificaron su edad de nacimiento para que la admitieran en un internado. Era muy lista y supusieron que nadie adivinaría su edad. Tenían razón. Cuando esa niña llegó a los diez años, su madre se volvió casar. No se casó por amor. Se casó por algo terrible. Se casó con un hombre aquejado de un cierto retraso mental, pero con una pinta que le hacía pasar por empresario o por político si no abría la boca. La madre de esa niña se encargaba de que no la abriera cuando no convenía. ¿Por qué se casó con él? Porque esa mujer, como tantas en aquella época, luchaba por salir adelante con su propio esfuerzo y sabía que sin un hombre a su lado, aunque solo fuera de adorno, la mujer no podía triunfar en el campo en que ella luchaba.  Lo que esa mujer no previó era que aquel hombre destruiría la infancia, la adolescencia y hasta la vejez de su hija.    

Ese retrasado nunca violó a la niña, por miedo a la reacción de la madre y del padre, pero durante los años más importantes de su desarrollo,  aterrorizó  a la criatura torturándola física y mentalmente. Cuando la niña llegaba a casa de su madre en las vacaciones de navidad, aquel hombre preparaba su cinturón para azotarla por cualquier excusa o sin ella. A veces no utilizaba el cinturón, utilizaba el puño. Las palizas, con un objeto o con las manos, eran diarias y constantes. La niña tuvo que ser atendida varias veces por vecinos.  Una vez, por ejemplo, un vecino vio que una oreja de la niña sangraba y la curó. No fue la primera vez ni la última. Las lesiones de la niña observadas y a veces curadas por los vecinos eran constantes. ¿Alguno denunció el caso o habló con el hombre o habló con la madre? No, nadie hizo nada. La casa estaba en una urbanización de lo que ahora se llama alto standing y en esos ambientes desentona mucho cualquier cosa que altere la apariencia de corrección y placidez. 

Mi amiga tuvo que sufrir en silencio otro tipo de lesiones, mucho peores que las físicas. El hombre insultaba y ridiculizaba a la niña constantemente. Constantemente le repetía que no servía para nada.

Mi amiga nunca tuvo juguetes ni regalos de Santa Klaus ni de Reyes. La época de los regalos le tocaba en el infierno que era la casa de su madre y allí no había regalos. La niña tenía que pasar el día en su habitación con dos únicos amigos: una radio y un libro. En la radio tenía el acompañamiento de la música. En el libro, un juego. El libro se llamaba, traducido del inglés, Los mil mejores poemas de la literatura inglesa, y la niña se divertía recitándolos en voz alta. La niña desarrolló un acento y una dicción en inglés que luego le servirían para la universidad. No hay mal que por bien no venga. Pero lo peor estaba por venir.

En cuanto la niña se convirtió en una adolescente, el marido de su madre empezó un acoso sexual, solo de palabra,  que chocaba violentamente con la educación que la niña estaba recibiendo en colegios de monjas. Las cosas que decía ese hombre la horrorizaban; eran lo que hoy llamamos guarradas. Lo peor, sin embargo, era sorprender a aquel hombre rompiendo con un cuchillo las cerraduras de su baño y de su habitación. Su excusa fue que no se podía permitir que los adolescentes se encerraran porque hacían porquerías. La adolescente no le entendió bien, pero desde entonces fue el terror al  despertarse de una siesta  y ver al hombre a los pies de la cama mirándola o de estar en la ducha con miedo a que el hombre corriera, de pronto, la cortina. Nunca se atrevió a hacerlo, pero sí a hacer constar que lo podría hacer cuando le apeteciera. La niña vivía bajo una amenaza y un terror continuos.

Hacía poco que la niña había cumplido quince años cuando ese hombre le pegó un puñetazo en un ojo. Se le fue la mano porque el ojo y la cara de la niña tardaron muy poco en desfigurarse de tal manera que la madre se asustó y la llevó al hospital, pidiéndole encarecidamente  que dijera que se había caído. Eso dijo la niña al médico que la atendió, pero entonces ocurrió algo inesperado. El médico la miró fijamente a los ojos y le dijo que él había sido alumno y amigo de su padre. “Tú no te caíste por una escalera”, le dijo. “Alguien te pegó un puñetazo. Dime la verdad”. La niña no dijo nada porque las lágrimas no la dejaban hablar. Al cabo de un par de días, su madre recibió un telegrama. El padre de la niña avisaba que al día siguiente llegaría por avión. ¿Cómo ir a ver al padre con el ojo como lo tenía? Te caíste por una escalera, le repetían y ella misma se repetía para no causar un problema.

Al día siguiente, los tres fueron a recibir al padre de la niña al aeropuerto. Fue un recibimiento cordial. El padre no pareció fijarse en el ojo cerrado de un puñetazo. No lo mencionó. Era de noche. El marido de la madre llevó a los tres al Caribe Hilton, el hotel en el que el padre de la niña había reservado habitación. Después de registrarse, el padre, que no bebía y al que no le iban las costumbres americanas, invitó a todos a tomar  un coctel en  la terraza del night club del hotel. Allá fueron y todo empezó bien con frases formularias hasta que, de pronto, el padre de la niña miró fijamente al hombre y, señalando con un índice inhiesto al ojo cerrado de su hija, le preguntó: “¿Esto qué es?” Nadie contestó. La madre sabía que era inútil tratar de engañar a su ex marido. La niña sabía que era inútil tratar de engañar a su padre. El hombre no sabía nada así que, cuando se decidió a hablar,  lo único que se le ocurrió fue intentar convencer al padre de que a esa niña había que pegarle porque era un desastre. El padre le escuchó sin rechistar hasta que el hombre agotó todas las barbaridades que achacaba a aquella adolescente, como, por ejemplo,  ser una desordenada que se lo dejaba todo por medio. Y entonces la cara del padre se demudó y su dedo índice volvió a apuntar, esa vez a la cara del hombre. “Usted no es un hombre,” dijo el padre con una voz que parecía salirle de las tripas. “Un hombre que le pega a una mujer no es un hombre, es un cobarde de mierda. Usted es una mierda. Y se lo voy a demostrar. Si vuelvo a enterarme de que le pone usted un dedo encima a mi hija, un solo dedo,  le voy a enseñar lo que es enfrentarse con un hombre de verdad. Le voy a dejar de rodillas en el suelo suplicándome que no le convierta en un remedo de mujer. ¿Me ha entendido bien?”, gritó. El hombre balbuceó una afirmación ininteligible.

Aquel hombre o lo que fuera, nunca volvió a ponerle a mi amiga ni un dedo encima. Mi amiga nunca le confesó a su padre por qué no le había dicho que ese hombre la pegaba ni el padre se lo preguntó; ya lo intuía. Pero el daño que esos cinco años de golpes y de insultos, y los insultos que sí siguieron hasta que mi amiga decidió no volver a aquella casa,  marcaron su mente y su sistema emocional hasta tal punto,  que los efectos le han durado toda la vida a pesar de todos sus esfuerzos por superarlos. Eligió mal a sus parejas ofreciendo a cambio de cariño más de lo que podía dar. Eligió mal su carrera aceptando que sus padres decidieran por ella. Eligió no competir por un trabajo, no exigir un sueldo, no medrar por un puesto. La soledad de su infancia con aquel libro y otros libros que tuvo después la convencieron de que el mundo era muy feo, pero que había otro mundo lleno de amor y belleza en su mente, en su imaginación.  Y fue así como, a pesar de todos los pesares, la historia de mi amiga tuvo un final feliz. Mi amiga tuvo un hijo y cuando ese hijo vuelve a la casa de su madre, a mi amiga no le falta una rosa del jardín cada día en un florero sobre su escritorio, y esa rosa le dice muchas cosas; entre ellas, que al final, muy cerca del final, todo le ha salido bien.

¿Y por qué esta larga historia? ¿Y qué tiene que ver esta larga historia  con la política? Todo. Después de siglos de violación de los derechos de la mujer, de explotación de las mujeres en beneficio de los machos de la especie, el mundo ha tenido que despertar con los gritos de las mujeres que ya no están dispuestas a aceptar la falsa inferioridad, la sumisión, la explotación. Hace relativamente pocos años, la mujer empezó a luchar por la igualdad de los machos y las hembras de la especie y su lucha ha obligado a los legisladores a reconocer esa igualdad. Y seguimos luchando, machos y hembras de la especie seguimos luchando por la igualdad  y no pararemos hasta  conseguirla. Pero los niños, ¿quién lucha por los niños?

Los derechos de los niños están reconocidos en  documentos y organizaciones internacionales y se procura alimentar y vestir a los más vulnerables y abrir escuelas para su educación. Pero, ¿quién trabaja por aliviar las tragedias de su realidad cotidiana? Contaba James Rhodes como una maestra vio que le sangraban las piernas y él le dijo que le acaban de violar y la maestra no hizo nada, nada. ¿Cuántos miles, millones de niños son sometidos a burlas e insultos y golpes  cada día por parte de compañeros educados como bestias? Y nadie hace nada, nada. Si un día ese niño no puede seguir soportando el acoso y se suicida, los adultos cercanos, para no dejar que el suceso penetre en sus conciencias, le diagnostican a ese niño un trastorno mental. ¿Cuántos miles, millones de niños sufren maltrato psicológico o físico o ambos en la privacidad de sus propias familias y nadie hace nada, nada? ¿Cuántos niños se ven obligados por los jueces a convivir con un padre que maltrataba a su madre o que llegó, incluso, a asesinarla? Podría decir un cínico, un ignorante o un imbécil que esas cosas solo pasan en colegios o en casas de pobres. Falso. Ocurren en todos los estratos sociales porque en todos los estratos sociales hay individuos con apariencia humana que emocional y moralmente no llegan al grado de lo que cabe calificar  de humano.

Si alguien se pregunta por qué no se está luchando por los derechos y el bienestar de los niños con el mismo ahínco con el que se lucha por los de las mujeres, la única respuesta posible es que los niños son tan inútiles como los viejos y que son pocos, muy pocos los que consideran rentable luchar por ellos. Porque en este mundo, tal como nos lo hemos montado, no es la cualidad de ser humano lo que otorga derechos humanos; es la utilidad. Muy pronto en la vida el niño aprende lo que se convertirá en una verdad social durante el resto de su existencia: Dime para qué me sirves y te diré lo que vales para mí.       

Pa’l carajo, tra, trá

De la que me he librado. Si mi madrileña madre no hubiera decidido quedarse en América cuando se divorció de mi padre y no hubieran decidido los dos educarme en internados, probablemente yo hubiera acabado viviendo en Madrid. Si con setenta y un años y cuatro enfermedades crónicas me hubiera pescado el virus, por órdenes superiores no me habrían aceptado en ningún hospital, y de aceptarme, tal vez me habría sorprendido la muerte en algún pasillo porque las ucis estaban reservadas para gente joven, aún productiva, con mayor probabilidad de sobrevivir a la COVID 19. Estoy viva, aunque no sana; estoy viva porque el destino no quiso que se dieran esas condiciones y no se dieron por razones misteriosas que la razón no alcanza a explicar. Lo que sí tiene explicación racional es por qué los viejos que enfermaron en Madrid no tuvieron derecho a que se hiciera todo lo posible por salvarles.     

Isabel Díaz Ayuso y su gobierno decidieron que no se llevaran viejos enfermos de las residencias a los hospitales. Con esa medida, mataban dos pájaros de un tiro. Por un lado,  han librado a la Comunidad de Madrid de miles de viejos que por necesidades sanitarias, dependencia y pensiones constituían un gasto innecesario para las arcas  públicas. Por otro, nos han obligado a todos los españoles a enfrentarnos a la realidad sin poder adornarla ya con eufemismos.

En Madrid, el virus ha convertido expresiones como “tercera edad” o  “personas mayores” en  eufemismos falaces. Los que pasamos de sesenta y cinco años no somos mayores, somos viejos, somos trastos viejos que en una casa estorban y que, cuando necesitan cuidados especiales, se convierten en un incordio; viejos que ya han vivido lo que tenían que vivir y que, hacer lo posible para prolongarles la vida es una pérdida inútil de tiempo, de recursos, de bienestar; pérdida  que no debería exigirse a los más jóvenes que aún están produciendo para bien de todos. Ante esta realidad, materialmente indiscutible, es probable que algunos viejos se hayan dado cuenta de que lo mejor que pueden hacer, en conciencia, es dejarse morir. Cierto que esto suena fatal, pero la experiencia de los madrileños sometidos al azote de una epidemia ha demostrado a todos la honestidad valiente de un gobierno que, en lugar de mentir a sus ciudadanos con un buenismo falso, les ha dicho la dura verdad sin ambages. Que nadie se sienta culpable por negar asistencia a los viejos enfermos. La vida es así.  

Nunca antes gobierno alguno había dado un paso tan decisivo hacia la modernidad, hacia la transformación del mundo en el mundo feliz que los más inteligentes se afanan por conseguir mediante la tecnología. Un mundo en el que cada cual acepte alegremente que la misión del homo sapiens es producir y que el objeto de la justicia es recompensar al que más produce con la dosis de descanso y diversión que necesita para seguir produciendo. Un mundo de paz y amor en el que todos comprendan sin acritud, sin resentimiento, que es justo otorgar la mayor recompensa a los dueños de los medios de producción que, con su esfuerzo, nos mantienen a todos. Es obvio que en ese mundo amueblado con el diáfano minimalismo de las cosas como son, quitando de en medio inútiles elucubraciones sobre cómo deberían ser, los viejos que han completado el trayecto de su productividad comprenderían sin acritud, sin resentimiento que se les aparte de la población que aún produce y se les deje morir en paz en lugares habilitados para que se vayan acostumbrado a la idea de la muerte.

Ese Gobierno de jóvenes aguerridos que luchan por defender el mundo como es no comprende que se critiquen sus esfuerzos y que se cuestione la legalidad de sus medidas. El valor de un ser humano, tenga la edad que tenga, es cosa de la filosofía que en nada contribuye al verdadero progreso. Las leyes sirven para mantener el orden público e imponer la autoridad de las autoridades. Las que no sirvan para eso, no sirven para nada. Siendo todo tan sencillo, Ayuso y su Gobierno se preguntan por qué la gente se complica tanto la vida haciendo caso a los anticuados progres.

Diríase que se trata de un simple problema de abismo generacional. Porque Madrid y otros lugares con un problema análogo, hoy están llenos de viejos que se preguntan si valió la pena parir y criar a una generación dispuesta a renunciar a valores humanos como la libertad y los derechos, para convertirse en robots dirigidos por el mando a distancia de los dueños de la producción y de los gobiernos a ellos subordinados; lleno de viejos que se preguntan si valió la pena privarse de todo para pagar la educación de unas mentes dispuestas a entregar a los dueños de la producción y a sus gobiernos la facultad de pensar por ellos; llenos de viejos que se preguntan si valió la pena sacrificar el poco tiempo hábil que les quedaba para mantener con sus pensiones a unos hijos que no sabían qué hacer con sus vida cuando la economía se fue al garete y unos nietos destinados a no saber qué hacer con sus vidas cada vez que las recesiones de la economía les priven de la capacidad de producir; lleno de viejos que se preguntan por qué dice la ley que es un delito negar auxilio a  una persona y no hay ninguna autoridad que denuncie y persiga la denegación de auxilio a un viejo. ¿Porque no son personas?

El viejo que sigue trabajando en aquello en lo que aún puede trabajar, por vocación, por sentido de la responsabilidad, porque le da la gana; el viejo que sigue estudiando porque se lo pide su mente y la convicción de que un ser humano puede seguir evolucionando hasta el final de su vida en la tierra; el viejo que disfruta practicando o aprendiendo nuevas habilidades o juegos o la charla con nuevos amigos o los ratos sentados al sol o viendo caer la lluvia  porque ha descubierto que la vejez recompensa sus años de trabajo con  tiempo y ganas de disfrutar; esos viejos puede que sientan revivir sus glándulas con  indignación o con un asco infinito y puede que, para desahogarse, le hagan la gran peineta a Ayuso y a su Gobierno y a todos esos jóvenes modernos que han renunciado a su humanidad o que nunca la han tenido. Si a esos viejos les ha llegado por los medios una de las canciones que se han hecho virales, dicen, y amenaza convertirse en canción del verano, tal vez piensen en Ayuso y su Gobierno y en lo que todos esos y quienes les sostienen representan, en Madrid y en todos los madrides actuales de España y del extranjero, y junto a la peineta les salga del alma un estribillo: “Pa’l carajo, tra, trá”.

Hoy, cumpleaños de Federico García Lorca, recomiendo a mis compañeros de quinta y de servicios de la Sección Femenina, que procuren olvidar un ratito el virus y la infrahumanidad de los infrahumanos leyendo los poemas de un poeta -sin más adornos-, un poeta al que no le dejaron llegar a viejo porque no se conformaba con el mundo como era y luchaba con su pluma por hacerlo cada vez más bueno, más justo, más humano. Un mundo donde cupiera el pensamiento, la poesía, el amor.

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