Los peligros de la fe

La Iglesia atribuye a Dios la potestad de infundirnos, con la gracia que recibimos en el bautismo, las llamadas virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Todas las religiones atribuyen al dios que cada cual adora todo lo que se le ha pasado por la cabeza a sus, llamémosles teólogos, es decir, estudiosos de Dios, para entendernos. 

Pero aquí no interesa estudiar el asunto de la religión en cuanto a la relación del hombre con Dios, ni de las religiones en cuanto a los dogmas y las leyes que los hombres han concebido para ligar a los fieles al particular concepto que tienen de sus dioses; dioses que, evidentemente, han sido creados a imagen y semejanza de los hombres. Aquí interesa la Política, la relación del hombre, macho o hembra,  en cuanto ciudadano, con la sociedad de ciudadanos y, en una democracia, especialmente con los ciudadanos elegidos para gestionar los asuntos de la convivencia en sociedad. Para entender la Política es necesario comprender y pensar la fe, la esperanza y el amor por ser tres virtudes esenciales en la relación de un hombre, macho o hembra, consigo mismo y con los demás; tres virtudes que, por lo tanto y obviamente, determinan la vida personal de cada cual y, por ende, de la Política. 

Empecé en mi artículo anterior por la esperanza, virtud amable y siempre positiva que actúa como el combustible que nos anima a vivir y a mejorar nuestra vida. La fe y el amor no son tan amables como suenan. Son virtudes que, si no se les dedica reflexión, pueden ser peligrosas, muy peligrosas. Tan peligrosas son que están a punto de cargarse el mundo. Aquí procuraremos analizar los peligros de la fe. 

En su tratado Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno justifica la fe en Dios por una razón desesperadamente egoísta. Necesitamos creer en Dios, dice,  porque es el único que nos puede garantizar la inmortalidad. Con tintes aún más trágicos lo pinta en  su nivola San Manuel bueno y mártir sobre  un santo varón que predica a sus feligreses la doctrina de la Iglesia para que sean felices, sufriendo él la tragedia de no creer en lo que predica. Yo, la mujer María, como diría el mismo don Miguel, no quiero, de ninguna manera, vivir con un sentimiento trágico a cuestas ni tragarme doctrina extraña alguna para que me haga la vida soportable. Quiero vivir disfrutando la vida, es decir, evolucionando, con la esperanza, sí, de que mi vida no deje de evolucionar hasta que el cuerpo se me pare. Con la esperanza, sí, de que la vida de mi alma continúe eternamente, pero no porque he creído y observado una doctrina ajena, sino porque me da la gana de creer que el alma es inmortal. Por eso mismo creo en un Creador, un Ser que me creó y del que yo no puedo saber nada que no me cuenten los que dicen saber, a saber Dios cómo, pero del que no quiero que nadie me cuente nada porque no me hace falta. Creo en el Creador como creo en mis ascendientes, en el que creó al hombre, macho y hembra, para que siguiera creando. Creo que el Creador me creó como un eslabón más de la cadena de creadores por ser de la estirpe del Creador. Creo en ese Creador porque me da la gana y contra eso no puede haber razonamiento alguno que se oponga. Mi fe no depende de nada infuso ni de argumento alguno físico o metafísico; mi fe  no depende de otra cosa que de mi propia voluntad y creo firmemente que de la propia voluntad depende la fe de todo el mundo.  Podría decirse que esta es la fe del carbonero en su sentido más radical, pero la cosa no es tan simple.En el hecho de que la fe depende de la voluntad de cada cual, radica su grandeza y radica su peligro, un peligro que puede ser mortal.

La fe en dioses creados por los hombres, enmarañada en casi todas las religiones con una doctrina tan elaborada como cualquier código legal, ha construido muros de prejuicios para separar a los seres humanos; ha causado y sigue causando odios, muertes. ¿Se puede atribuir a un Creador el desprecio y hasta el odio a sus propias criaturas si esas criaturas no observan los dogmas y las leyes que se han dictado en su nombre? Se hace, negando a ese dios el atributo supremo del que deberían depender todos sus otros atributos: el atributo del amor; un amor universal, absolutamente incondicional, perfecto y eterno. ¿A qué conduce la fe en un dios que no ama por encima de todo lo demás?  

La fe en uno de esos  dioses que no aman no ha dejado de causar guerras desde que los hombres se inventaron su existencia. La fe en uno de esos dioses radicaliza a jóvenes considerados normales empujándoles a matar a seres humanos que no comulgan con su misma fe. La fe en uno de esos dioses justifica que el más fuerte prive de sus derechos al más débil condenando a millones de mujeres a la sumisión, por ejemplo, sumisión que solo es posible forzar porque la testosterona otorga al macho mayor fuerza física. Por la misma razón, machos adultos someten a niños indefensos obligándoles a satisfacer sus instintos, contando con el perdón de su dios. Porque eso sí, casi todos los dioses concebidos por hombres perdonan, lo perdonan todo porque así lo concibieron quienes sabían que no hay hombre sobre la faz de la tierra que no necesite perdón y que la fe en el perdón de dios permitiría todas las inmoralidades y las barbaridades que inmorales y bárbaros pudieran cometer. Esas inmoralidades y barbaridades incluyen delitos punibles por las leyes de los hombres, pero también daños gravísimos contra el ser humano que ningún código recoge porque los sentidos no los pueden detectar. El daño más grave a la humanidad que han infligido durante siglos y siglos los creadores de dioses que no aman es inculcar en las mentes la fe en esos dioses, mover a las voluntades a depositar su fe en ellos, en sus creadores, en quienes legislan en su nombre. Lo que nos lleva a la Política.

La industrialización trajo el capitalismo y el capitalismo relegó a Dios, al Dios Creador y a todos los otros dioses  a un segundo plano en la vida de los individuos y de las sociedades. La fe se desplazó al dinero, poder omnipotente que hoy rige la vida de los pobres y los ricos por igual. El dinero determina hoy no solo la  calidad de vida, no solo la relación del hombre con la sociedad; determina hasta la relación del hombre consigo mismo. Por supuesto, el dinero determina la Política. 

La fe en el poder del dinero y el prestigio social que el dinero otorga hoy  empuja a  muchos jóvenes a meterse en política, la política con minúscula, el politiqueo de los partidos,  buscando un prestigio que no encuentran en su conciencia de sí mismos; un prestigio que otorgan los demás a quien tiene poder, poder que, en nuestra sociedad capitalista, solo da el dinero. En su afán de trepar por la escala social, estos jóvenes ambiciosos y codiciosos llegan a ignorar la doctrina de la religión que dicen profesar y que, para quedar bien socialmente, en apariencia observan. Es así como un partido que defiende públicamente la doctrina y a la jerarquía de una religión supuestamente cristiana, puede practicar sistemáticamente la corrupción hasta el punto de ser condenado por la justicia como partícipe a título lucrativo de la corrupción de sus dirigentes. Que esta contradicción afecta gravemente a la gestión de los recursos de la sociedad es una evidencia. 

Pero lo más grave es que ese desplazamiento de la fe, desde lo sobrenatural al más crudo materialismo, no solo mueve a líderes políticos; mueve a todos los ciudadanos. La mayoría de los ciudadanos ha depositado su fe, no en los políticos que muestran una conducta regida por valores humanos, sino en aquellos que exhiben éxito económico y social, sean cuales sean los valores que informan su criterio. Esto explica que millones voten a un partido condenado por corrupción o a líderes que utilizan habitualmente la difamación y la mentira para desprestigiar al adversario, aún cuando se demuestre objetiva e indiscutiblemente que han robado, que han difamado y que han mentido. 

¿Cómo es esto posible? Lo es porque la fe depende de la voluntad y la voluntad de creer en una cosa o en otra depende de la conciencia de cada cual. Lo es porque la mayoría no reflexiona sobre el objeto de su fe. Lo es porque para ahorrarse el esfuerzo de reflexionar, la mayoría opta por depositar su fe en aquello en que supone que la depositan los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás, para la mayoría, se dividen en dos grupos: aquellos con los que, por diversos motivos, siente afinidad y una masa de extraños que, para entendernos, no considera de los suyos. Lo que nos conduce a una conclusión que expone la auténtica tragedia de la vida; el grave peligro que amenaza el bienestar de todos, que impide la evolución de los seres humanos. La fe depende de la voluntad y la voluntad depende de la maraña de creencias, sentimientos y emociones que conforman la psicología de cada cual.

Quien no tiene la honestidad incorporada a su criterio de valores, vota al partido que considere más exitoso aún sabiendo que su éxito depende de la corrupción y de la mentira. Quien no considera a la empatía como afecto esencial de la naturaleza de un auténtico ser humano vota a un partido que predica el desprecio, el rechazo  o el odio al extraño, al diferente; siendo extraños y diferentes los débiles que se pueden aplastar aunque solo sea para demostrar la superioridad que hace más soportable la vida del acomplejado. 

Las personas que sufren este tipo de taras psicológicas son millones, luego son millones los votos que pueden ir a parar a los partidos que tienen como principal objetivo eliminar la igualdad de los ciudadanos; eliminar los derechos y libertades que otorga la democracia; frenar la evolución de los seres humanos y hacer que la humanidad retroceda a los tiempos en que el poder absoluto lo ostentaban los más fuertes, los más salvajes. 

¿Cómo puede evitarse este desastre total? Entendiendo con  perfecta claridad que el voto jamás debe emitirse por fe. Que a la hora de votar nadie tiene derecho a prescindir de un análisis racional de los programas de los partidos y de las trayectorias de sus candidatos. Entendiendo que con nuestro voto nos jugamos la vida y la vida de todos los demás.        

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

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