Ahora sí que necesitamos milagros

Ayer me desperté con un profundo desánimo. Me tocaba escribir artículo y solo aparecía en mi mente la palabra política sobre un fondo negro como cielo de noche sin luna ni estrellas. Mi último artículo terminaba con una pregunta asesina: ¿Para qué sirven las derechas? Ante el peligro mortal de una respuesta más horrible para la mente y las emociones que la más mortífera pandemia, mi mente cortó por lo sano con una respuesta terminante: Para nada.

Y ahí se hubiera terminado el asunto si ese nada no hubiera paralizado mi pensamiento dejando mi mente muda en la más negra oscuridad. Ayer por la mañana, en mi mente, nada; nada que no fuera repetir mis opiniones y las de aquellos que opinan utilizando la razón. ¿Hay alguien en España y parte del extranjero que no sepa ya lo que están haciendo las derechas para acabar con el gobierno y con las instituciones democráticas de nuestro país?

Buscando ideas para escribir algo sobre el asunto que no se hubiera repetido mil veces en medios y redes sociales, recurrí en la radio a una tertulia de corresponsales extranjeros que opinaban sobre la situación política en España. Todos decían lo mismo que dicen los pocos opinantes españoles que se atreven a decir lo que piensan. ¿Qué me quedaba? ¿Repetir? ¿Repetir que las derechas están preparando la destrucción de las libertades y de los derechos de los económicamente más débiles con la meticulosidad de científicos buscando remedios? ¿Repetir como los predicadores en el desierto que empezaron con Juan el Bautista y han seguido, por los siglos de los siglos, con todos los que han intentado despertar a la gente que dormita en el sopor del engaño para que advierta la voluntad de engañarles y se rebele contra quienes pretenden secuestrar su voluntad? Prédica inútil, la de Demóstenes luchando con su oratoria por salvar a Atenas de la ambición del rey macedonio siglos antes de Cristo; como inútiles las advertencias de políticos y pensadores de diferentes países que en el siglo pasado lucharon por inocular cordura en aquellos que habían sucumbido a la propaganda nazi viendo en Hitler al salvador de la economía de Alemania, de Europa, del mundo entero. Todo intento de hacer razonar a quienes se empeñan en creer lo que quieren creer contra toda evidencia ha fracasado aunque, una y otra vez, por los siglos de los siglos, el triunfo de su empecinamiento ha costado millones de muertos y la destrucción de civilizaciones que evolucionaban hacia niveles más altos de humanidad. Hoy, el triunfo de la propaganda y de las estratagemas de las derechas en Europa y en América acarrearía la destrucción de sociedades fundadas en valores humanos. Y sobre las ruinas, vuelta a empezar.

Me senté ante el ordenador con la mente en negro y el alma en una fosa. Empecé a leer titulares, a ver fotografías y vídeos en busca de algo que me pudiera resucitar. Por todas partes, montones de gente amontonada bañándose en las playas, haciéndose creer a sí mismos que no ha pasado, que no pasa, que no pasará nada, mientras bichos invisibles con la sonrisa maléfica que le ponen a sus memes volaban entre los cuerpos, entusiasmados ante tanto lugar apetecible donde meterse a comer pulmones. Comprendí que del bache en el que me estaba hundiendo la realidad solo podía sacarme la música. Decidí recurrir a mi canal de música para aliviar el impacto doloroso de las palabras, pero antes de que pudiera apretar la tecla, en mi memoria empezó a sonar una canción de mi juventud con letra y todo: A menudo pienso que este mundo, viejo y triste, está silbando en la oscuridad. “Joder, criatura, cómo estás”, me dije. “Busca piano, solo piano”.Y entonces oí en mi memoria la voz de mi madre cantándome de pequeña: Dame un silbidito, la canción que Pepito Grillo cantaba a Pinocho en una película que habíamos visto juntas. Si la memoria no me fallaba, la canción surgía del esfuerzo de Pepito Grillo por enseñar a Pinocho la necesidad de elegir siempre portarse bien y rechazar el mal. O sea, que planteaba un asunto de conciencia. “Lo que me faltaba ahora, mamá, ponerme con la Ética”, le dije, porque me dice mi fe que los míos pueden escucharme desde allí donde estén. Y seguro que mi madre me escuchó porque empezó a cantarme otra canción de otra película que cantábamos juntas muchas veces. Siempre que tengas miedo, levanta la cabeza y silba una melodía alegre para que nadie sospeche que tienes miedo.

Miedo, era miedo lo que tenía, lo que tengo es miedo; miedo a que la ignorancia y la estupidez vuelvan a convertir a mi país en un lugar inhabitable donde cada cual vaya a la suya, obcecado por su propia salvación, ignorando la salvación del vecino. En ese lugar, no habría por todas partes fotos del Gran Hermano como en el 1984 de Orwell. Habría carteles resumiendo la doctrina de las derechas: “Sálvese quien pueda”; doctrina con el mandato implícito de que quien no pueda se oculte de la gente de bien en las alcantarillas de los invisibles. Decidí bajar a El Coyote con la esperanza de que el sol de su terraza me iluminara el pensamiento y, como siempre, no me defraudó. Acababa de sentarme ante una mesa soleada cuando mi memoria se iluminó con los versos de mi poema favorito, de Emily Brontë: Mi alma no es cobarde, no tiembla ante el mundo arrasado por la tormenta/veo brillar la gloria del cielo/ y mi fe brilla igual armándome contra el miedo. Y como si de un milagro se tratara, empecé a escribir ideas en mi cuaderno de notas.

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

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