Pa’l carajo, tra, trá

De la que me he librado. Si mi madrileña madre no hubiera decidido quedarse en América cuando se divorció de mi padre y no hubieran decidido los dos educarme en internados, probablemente yo hubiera acabado viviendo en Madrid. Si con setenta y un años y cuatro enfermedades crónicas me hubiera pescado el virus, por órdenes superiores no me habrían aceptado en ningún hospital, y de aceptarme, tal vez me habría sorprendido la muerte en algún pasillo porque las ucis estaban reservadas para gente joven, aún productiva, con mayor probabilidad de sobrevivir a la COVID 19. Estoy viva, aunque no sana; estoy viva porque el destino no quiso que se dieran esas condiciones y no se dieron por razones misteriosas que la razón no alcanza a explicar. Lo que sí tiene explicación racional es por qué los viejos que enfermaron en Madrid no tuvieron derecho a que se hiciera todo lo posible por salvarles.     

Isabel Díaz Ayuso y su gobierno decidieron que no se llevaran viejos enfermos de las residencias a los hospitales. Con esa medida, mataban dos pájaros de un tiro. Por un lado,  han librado a la Comunidad de Madrid de miles de viejos que por necesidades sanitarias, dependencia y pensiones constituían un gasto innecesario para las arcas  públicas. Por otro, nos han obligado a todos los españoles a enfrentarnos a la realidad sin poder adornarla ya con eufemismos.

En Madrid, el virus ha convertido expresiones como “tercera edad” o  “personas mayores” en  eufemismos falaces. Los que pasamos de sesenta y cinco años no somos mayores, somos viejos, somos trastos viejos que en una casa estorban y que, cuando necesitan cuidados especiales, se convierten en un incordio; viejos que ya han vivido lo que tenían que vivir y que, hacer lo posible para prolongarles la vida es una pérdida inútil de tiempo, de recursos, de bienestar; pérdida  que no debería exigirse a los más jóvenes que aún están produciendo para bien de todos. Ante esta realidad, materialmente indiscutible, es probable que algunos viejos se hayan dado cuenta de que lo mejor que pueden hacer, en conciencia, es dejarse morir. Cierto que esto suena fatal, pero la experiencia de los madrileños sometidos al azote de una epidemia ha demostrado a todos la honestidad valiente de un gobierno que, en lugar de mentir a sus ciudadanos con un buenismo falso, les ha dicho la dura verdad sin ambages. Que nadie se sienta culpable por negar asistencia a los viejos enfermos. La vida es así.  

Nunca antes gobierno alguno había dado un paso tan decisivo hacia la modernidad, hacia la transformación del mundo en el mundo feliz que los más inteligentes se afanan por conseguir mediante la tecnología. Un mundo en el que cada cual acepte alegremente que la misión del homo sapiens es producir y que el objeto de la justicia es recompensar al que más produce con la dosis de descanso y diversión que necesita para seguir produciendo. Un mundo de paz y amor en el que todos comprendan sin acritud, sin resentimiento, que es justo otorgar la mayor recompensa a los dueños de los medios de producción que, con su esfuerzo, nos mantienen a todos. Es obvio que en ese mundo amueblado con el diáfano minimalismo de las cosas como son, quitando de en medio inútiles elucubraciones sobre cómo deberían ser, los viejos que han completado el trayecto de su productividad comprenderían sin acritud, sin resentimiento que se les aparte de la población que aún produce y se les deje morir en paz en lugares habilitados para que se vayan acostumbrado a la idea de la muerte.

Ese Gobierno de jóvenes aguerridos que luchan por defender el mundo como es no comprende que se critiquen sus esfuerzos y que se cuestione la legalidad de sus medidas. El valor de un ser humano, tenga la edad que tenga, es cosa de la filosofía que en nada contribuye al verdadero progreso. Las leyes sirven para mantener el orden público e imponer la autoridad de las autoridades. Las que no sirvan para eso, no sirven para nada. Siendo todo tan sencillo, Ayuso y su Gobierno se preguntan por qué la gente se complica tanto la vida haciendo caso a los anticuados progres.

Diríase que se trata de un simple problema de abismo generacional. Porque Madrid y otros lugares con un problema análogo, hoy están llenos de viejos que se preguntan si valió la pena parir y criar a una generación dispuesta a renunciar a valores humanos como la libertad y los derechos, para convertirse en robots dirigidos por el mando a distancia de los dueños de la producción y de los gobiernos a ellos subordinados; lleno de viejos que se preguntan si valió la pena privarse de todo para pagar la educación de unas mentes dispuestas a entregar a los dueños de la producción y a sus gobiernos la facultad de pensar por ellos; llenos de viejos que se preguntan si valió la pena sacrificar el poco tiempo hábil que les quedaba para mantener con sus pensiones a unos hijos que no sabían qué hacer con sus vida cuando la economía se fue al garete y unos nietos destinados a no saber qué hacer con sus vidas cada vez que las recesiones de la economía les priven de la capacidad de producir; lleno de viejos que se preguntan por qué dice la ley que es un delito negar auxilio a  una persona y no hay ninguna autoridad que denuncie y persiga la denegación de auxilio a un viejo. ¿Porque no son personas?

El viejo que sigue trabajando en aquello en lo que aún puede trabajar, por vocación, por sentido de la responsabilidad, porque le da la gana; el viejo que sigue estudiando porque se lo pide su mente y la convicción de que un ser humano puede seguir evolucionando hasta el final de su vida en la tierra; el viejo que disfruta practicando o aprendiendo nuevas habilidades o juegos o la charla con nuevos amigos o los ratos sentados al sol o viendo caer la lluvia  porque ha descubierto que la vejez recompensa sus años de trabajo con  tiempo y ganas de disfrutar; esos viejos puede que sientan revivir sus glándulas con  indignación o con un asco infinito y puede que, para desahogarse, le hagan la gran peineta a Ayuso y a su Gobierno y a todos esos jóvenes modernos que han renunciado a su humanidad o que nunca la han tenido. Si a esos viejos les ha llegado por los medios una de las canciones que se han hecho virales, dicen, y amenaza convertirse en canción del verano, tal vez piensen en Ayuso y su Gobierno y en lo que todos esos y quienes les sostienen representan, en Madrid y en todos los madrides actuales de España y del extranjero, y junto a la peineta les salga del alma un estribillo: “Pa’l carajo, tra, trá”.

Hoy, cumpleaños de Federico García Lorca, recomiendo a mis compañeros de quinta y de servicios de la Sección Femenina, que procuren olvidar un ratito el virus y la infrahumanidad de los infrahumanos leyendo los poemas de un poeta -sin más adornos-, un poeta al que no le dejaron llegar a viejo porque no se conformaba con el mundo como era y luchaba con su pluma por hacerlo cada vez más bueno, más justo, más humano. Un mundo donde cupiera el pensamiento, la poesía, el amor.

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

9 comentarios sobre “Pa’l carajo, tra, trá

  1. Querida María. Cada vez que leo tus escritos siento ganas de seguir viviendo sabiendo que soy viejo de edad pero no de espíritu. Quiero seguir aprendiendo, leyendo, viendo la naturaleza esa gran amiga que se empeñan en destrozarla. Quiero seguir aprendiendo releyendo cosas y obras hermosas que nunca morirán. Que bello es vivir y poder dejar un buen poso de la vida, que a pesar de los pesares, es única y bella. Gracias. Recibe un abrazota, aunque sea virtual, sé que me comprendes.

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  2. Los viejos no importan cuando son pobres, si son de clases altas el covid no va con ellos, ya se cuidan muy mucho, ahí tienes al “joven” Trump como tampoco quiere perder dinero con protecciones excesivas, porque efectivamente solo es verdaderamente peligroso para los jubilados de clases bajas, los viejos ricos en sus ranchos ya se protegen. En cualquier caso la juventud en los hospitales se ha partido el alma por nosotros y yo quiero ser justo con todo quisque no importa la edad, solo importa el corazón y este neoliberalismo inyectado en vena es el padre de todos los virus, yo también soy de riesgo si me pilla el bicho no lo cuento, ya son 69 years, pero me he podido esconder en mi casa y no me ha visto . Un abrazo y a cuidarse.

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  3. Me ha gustado mucho la fina ironía que empleas en la primera parte del artículo, para acto seguido poner a cada uno en su sitio, María Mir-Rocafort.
    Una sociedad que no respete a sus mayores, es una sociedad gravemente enferma.
    Las sociedades más avanzadas han aparcado a los “viejos” en lugares donde no puedan molestar ; los tiempos modernos no se pueden detener en vaguedades, que cada uno se responsabilice de sí mismo, eso nos dicen los liberales de nuevo cuño.
    Las sociedades menos avanzadas, por contra, respetan a sus mayores y acuden a ellos en busca de consejo, saben que la experiencia de vida puede ayudar más que una tertulia televisiva, por ejemplo.
    Los seres humanos, desde que nacemos hasta que cambiamos de estado, acumulamos en el disco duro de nuestra memoria una experiencia imposible de conseguir sin el paso de los años.
    En caso de accidente las mujeres y niños son los primeros en ser atendidos, los siguientes son las personas mayores. Ésto ha sido así desde que yo tengo memoria.
    Excluir y dejar morir en soledad a alguien con un bagaje tan valioso como son los ancianos, es, además de una miseria moral indescriptible, una pérdida de sabiduría irrecuperable.
    ¿Alguien podría entender que a Albert Einstein, que murió a los 76 años, trabajando hasta el óbito, se le negase atención hospitalaria en una pandemia como la de la Covid-19?
    ¿Alguien entendería que a José Saramago que inició su brillante carrera literaria a partir de los 60 años, se le negase asistencia hospitalaria ?
    Son muchos los hombres y mujeres que han hecho grandes cosas en las artes y las ciencias cuando su edad ya pasaba de los 60 años.
    “Viejos” son los muebles, los vestidos, los autos, personas mayores somos los seres humanos, personas que todavía tenemos mucho por aportar a ésta sociedad que parece querer arinconarnos.

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  4. Pues aquí tiene a casi una gemela, en edad, que no en sabiduría. Durante este tiempo, me he saltado dos consultas de nefrología. Mi sistema inmunológico no habría resistido un contagio por el COVID-19. Pero menos habría resistido el triaje asesino, dispuesto por la “señora” Díaz Ayuso.

    No vivo en Madrid, pero vivo en un lugar en el que la Sanidad o sus servicios están privatizados; en el que las Residencias de Ancianos -ahora viejos desechos humanos-, o están privatizados o son de gestión privada, porque el negocio es el negocio y el dinero, mejor en manos de empresas que en manos públicas.

    Galicia, afortunadamente, si el señor Feijoó no ha mentido en los datos, es una de esas Comunidades con no demasiados contagiados.

    Es espeluznante, que una presidenta/te de una Comunidad Autónoma, tenga el poder de condenar a muerte a los viejos -posiblemente de forma calculada-, porque, como dices tú, se ahorran gastos sociales, gastos hospitalarios y millones en pensiones, sin que a esta/os miserables les pase nada. Más de 6.000 viejos asesinados en Madrid y el consejero de Sanidad y la presidenta y su gobierno están libres. ¡Indignante y repugnante!

    Un gran artículo, María.

    Un abrazo

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