El triunfo del demonio

Un día de hace muchísimos años le confesé a un sacerdote que no creía en el demonio. Digo que le confesé porque creía entonces que negar un dogma era un pecado grave y que mi falta de fe en el maligno podía afectar mi relación con Dios. Yo era muy, muy joven y mi fe vivía en perpetua batalla contra mi razón, pero con  lo que yo creía  era la asistencia de Dios, mi fe ganaba siempre. El sacerdote en cuestión me pegó un susto de muerte. “Ese es el gran triunfo de Satanás”, gritó. “Cuando un alma niega su existencia, concede al demonio libertad absoluta para actuar sin ser detectado. El padre de la mentira puede entonces engañarla a su antojo porque el alma no puede distinguir en el engaño la intervención del maligno ya que no cree en su existencia”. Empecé a pedirle a Dios que me ayudara a creer en el demonio recurriendo a jaculatorias y a salmos para no quitármelo de la cabeza.  Años después, y a pesar de tanto entrenamiento, mi Dios me permitió entender lo que era la maldad sin rabo ni cuernos.

Hoy creo firmemente que el ser humano es el principio y el fin de toda la creación, tanto si la creación se atribuye a Dios, como si se atribuye a la evolución natural. Un territorio, el mundo entero, el universo y cuanto contiene no es nada fuera de la conciencia de un ser humano que le reconoce y le llama por su nombre, el nombre que él mismo le ha puesto. Todo existiría por existir, sin finalidad alguna, en un silencio estéril.  ¿Por qué lo creo? Resumiendo, porque me conviene, o dicho en plata, porque me da la gana. Que es la misma razón por la que Nietzsche y los nietzcheanos se meten en un berenjenal de explicaciones que han producido un pajar de más explicaciones que, en el fondo, limpio de paja, acaba justificando el mal. Pero este es un artículo de opinión política y el espacio no permite meterse en discusiones filosóficas ni están los tiempos que corren para perderse por las nubes del pensamiento. La realidad nos obliga a confinarnos entre sus cuatro paredes.

Resumiendo sin florituras, porque el ser humano es el principio y el fin de la creación, el bien es cuanto beneficie al ser humano permitiéndole cumplir con el fin último de su existencia que es alcanzar la felicidad. El mal es cuanto perjudique a su evolución como ser humano y le impida alcanzarla. Así de sencillo, y el que quiera complicarse la vida con monsergas, es su problema.

Nuestro problema es que hemos llegado a un punto de perversión de los valores que una mayoría nada en las aguas oscuras de la ignorancia a la pesca,  por instinto, como  peces ciegos, de cuanto pueda mantener su precaria existencia, y una minoría vive a la pesca de esos peces ciegos para alimentarse a gusto. Sin metáforas, un grupo de inmorales seguidores de Nietzshe, aunque no lo sepan, han librado a los ignorantes del esfuerzo de evolucionar convenciéndoles de que la moral es un invento del siglo XVIII para esclavizarles, que la libertad es el derecho y el bien supremo que les permite negar los valores que rigen la conducta de un ser humano; negar la existencia de la verdad; actuar con el único criterio de hacer lo que le salga de sus atributos. Entre los unos y los otros, una minoría de seres humanos vive reconociendo en sí mismo y en  los demás la suprema dignidad de su especie sabiendo que la felicidad consiste en una evolución constante con un criterio inspirado en valores humanos. Puesto que todos los individuos de la especie homo sapiens tienen las mismas características físicas, ¿cómo llamar  a los que pertenecen a un grupo u otro? La lengua nos ofrece palabras de muy fácil comprensión. Los que viven exclusivamente para satisfacer sus instintos, su barriga, son idiotas. Su existencia difiere muy poco de la de cualquier animal. En este grupo entran los peces ciegos y sus pescadores también. En el fondo, más allá de las apariencias, la vida de esos pescadores  de ignorantes  es muy similar a la de los animales de presa. En medio de ambos grupos, viven los que viven para sí mismos y para los demás concibiendo su existencia como la carrera constante hacia la meta de la perfección. Son los seres humanos que disfrutan la satisfacción de ir superando obstáculos. Como todos los demás, sufren penas y alegrías, pero su felicidad es inmutable porque no depende de duelos ni de fuegos artificiales; depende del amor que se merecen a sí mismos y del amor que les merecen los demás hermanos de especie.     

Y llegamos a lo concreto de aquí y ahora. Vivimos rodeados de idiotas, de miserables infelices  que nadan hacia las fauces de los que se los quieren tragar y de idiotas inmorales que viven en una batalla perpetua a ver quién traga más. Es la vida, podíamos decir hace poco, con más o menos resignación, porque la evolución de las especies no es nunca uniforme en el tiempo. Siempre tendremos que convivir con idiotas. Pero de repente nos ha atacado un bicho dispuesto a acabar con todos, un bicho que parece engendro de la maldad, como si el demonio se hubiera hecho virus para destruir, no solo nuestros cuerpos, sino nuestras mentes o almas, destrozando nuestra existencia.

Y  no todas las legiones infernales se han destinado a atacar pulmones. Parece también que un batallón de los demonios más listos hubiera poseído a los individuos con menos escrúpulos. Esos individuos que se llaman políticos, pero que se diferencian de quienes se dedican a la Política auténtica en que,  en vez de gestionar los recursos del país por el bien de la sociedad, el ejercicio de su profesión consiste en procurarse cargos, sueldos y prestigio en beneficio de sí mismos. Claro que individuos de esta índole han existido siempre, pero en estos momentos fatales en que parece que el infierno se hubiera desatado para borrar de la faz de la tierra todo vestigio de humanidad, esos falsos políticos se han desmelenado por completo exhibiendo su desprecio a los valores humanos con una desfachatez, con una falta de vergüenza  solo concebible en quien decide esperar a la muerte celebrando una bacanal.

No conozco a nadie que se atreva a mentir en la tribuna del Congreso sabiendo que no tardarán en aparecer pruebas que desmientan sus mentiras. No conozco a nadie que se atreva a insultar al presidente del gobierno llamándole asesino, sepulturero, traidor, felón, sin miedo a que le hagan comparecer ante un juez por difamación. No conozco a nadie que se atreva a pedir que echen del gobierno al presidente por cualquier medio, incluyendo la rebelión militar y la intervención del rey, sin miedo a que le juzguen por un delito que conlleva cárcel. No conozco a nadie que utilice el dinero de subvenciones, impuestos de todos los españoles, para pagar en las redes insultos contra el gobierno que se limitan a miles de palabrotas inventadas y por inventar. No conozco a nadie capaz de posar haciendo el ridículo en fotografías con la intención de convencer a los ignorantes de que esos posados demuestran que son políticos y muy buenas personas. No conozco a nadie, en fin, dispuesto a exhibir tal falta de escrúpulos, de dignidad, de vergüenza y tal exceso de temeridad como exhiben a diario los pseudo-políticos de la oposición llamada de derechas y algunos periodistas y tertulianos que les siguen la corriente. Y no miento. No conozco personalmente ni a Casado ni a Abascal ni a todos los demás que cada día exhiben sus miserias en un intento desesperado de alcanzar el poder. Tal exhibición pública de ambición sin medida parece sobrehumana, preternatural, de posesión satánica, vamos.

Lo que podría explicar por qué millones del grupo de los ignorantes babean de admiración cuando ven y escuchan a esos farsantes hacer alarde de su inmoralidad. Su ejemplo les otorga la libertad que predicaba Nietzsche, libertad de no sentirse obligados a hacer, decir o respetar cosa alguna que no les salga de los cojones, como se dice en castizo. Además, con la modernización de valores y creencias, es muy probable que no crean en el demonio, lo que permite al demonio actuar en su alma con plena libertad. Lo que significa que aquel cura de mi adolescencia tenía razón. El demonio triunfa cuando no lo reconocemos. Lo que significa que quien no se aferre a su razón puede acabar tan chiflado como estaba yo a los dieciséis años.

Para evitar que nos contagie el coronavirus, hay que seguir las instrucciones de los epidemiólogos y nada más. Para evitar que nos contagie el virus de la locura que quiere hundir a España, es decir, a todos los españoles, recomiendo leer a Immanuel Kant, aunque sea solo su librito  La paz perpetua. Y después, para no perder la esperanza ni el ánimo de seguir luchando contra el virus de los pulmones y contra el que quiere convertir nuestra mente en papilla, recomiendo el Manual de Resistencia de Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Para seguir trabajando por nosotros sin inmutarse, mientras todas las huestes infernales aullan a las puertas de La Moncloa pidiendo su cabeza, hay que estar hecho de una pasta especial. Pero esa es otra historia.          

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

3 comentarios sobre “El triunfo del demonio

  1. Muy buen artículo María.

    No saben reconocer al demonio, porque ellos son el demonio. Quién, sino, cómo Abascal es seguidor de Hitler -Franco era un demonio muy demonio, pero no era racista-. Quién, sino, cómo Casado, puede ser seguidor de Franco, amigo diestro de Hitler y de Mussolini. Las tres serpientes que debieron de darle a comer la manzana a Eva, para intentan fastidiar la vida a todo ser viviente.

    Como tú, recomiendo “Manual de Resistencia” de Pedro Sánchez, para que aprendan a conocerlo -no los que odian todo lo que no son como ellos-, para aprender a hacerse fuertes. Como no he leído a Kant ni soy tan inteligente y sabía como tú, recomiendo que lo lean, porque si tú lo haces es porque es bueno para nuestra mente y nuestra alma.

    Muchas gracias por tu artículo.

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  2. Claro que sí, María. Yo no podré verlo porque desde noviembre me han inhabilitado mi cuenta sin darme razón alguna; pero si mi opinión puede servir de algo. Toda tuya. No necesitas preguntarme. Un abrazo

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