A la pesca de analfabetos

La cifra de analfabetos en España y en cualquier parte del mundo es engañosa. Se refiere a las personas que no saben leer ni escribir. Pero el analfabetismo puede entenderse también, en sentido amplio, como la incapacidad de comprensión de textos, manifestaciones culturales, cualquier área de la realidad, en fin, que requiera comprensión intelectual. A quien adolece de esta incapacidad se le llama analfabeto funcional. Es decir, que hoy se consideran diferentes tipos de analfabetismo en sentido más amplio que el estrictamente etimológico. El catedrático Pérez Royo, por ejemplo, calificó hace unos días a Pablo Casado de analfabeto jurídico por su desconocimiento de la Constitución y otras leyes o su incapacidad para comprenderlas.

En este sentido puede decirse que analfabetos de todo tipo hay millones de millones en el mundo, en todos los países, desarrollados o no. Porque el analfabetismo en sentido estricto se debe a circunstancias externas que impiden a las personas aprender a leer y escribir; la pobreza que obliga a los niños a trabajar, la falta de colegios. Pero la causa principal de otras formas de analfabetismo procede de la voluntad de la persona; falta de curiosidad, falta de interés por conocer y aprender. De hecho, esta es la causa de que la mayoría de la población mundial pueda considerarse analfabeta política.

A la mayoría no le interesa la política porque asume que paga con sus impuestos a quienes trabajan administrando los recursos del país y que no tiene por qué dedicar tiempo y esfuerzo a controlar ese trabajo porque ya lo controla votando cada vez que llaman a elecciones. Esa delegación absoluta de responsabilidad, esa indiferencia hacia la administración pública de sus asuntos, hace que la mayoría ni siquiera se pregunte cómo va a poder un analfabeto político elegir correctamente a sus gobernantes y administradores. El analfabeto político vota con el mismo criterio con el que un analfabeto a secas elegiría la foto que más le gusta en una revista. De lo que lógicamente se deduce que el analfabetismo político es el mayor peligro al que se enfrentan los ciudadanos de un país, que son los que, analfabetos políticos o no,  sufren o disfrutan las consecuencias de las acciones de los políticos.

Partiendo de la certeza de que la mayoría adolece de analfabetismo político, los asesores de comunicación de todos los partidos procuran que las ideas y argumentos que deben repetir los líderes se reduzcan a una serie de conceptos elementales de fácil comprensión. Los conceptos y el modo de comunicarlos se diferencian según  la ideología, la mayor o menor habilidad de los líderes para comunicar las ideas, su mayor o menor o nula honestidad. O sea, que esos conceptos elementales que el líder comunica para que se entiendan pueden ser verdades que la realidad corrobora, medias verdades que la realidad puede corroborar en parte o no y medias mentiras o  mentiras flagrantes con toda la intención de engañar.

Además de este truco tan simple, el analfabetismo político de la mayoría de los votantes permite a los partidos incluir en sus listas a analfabetos de cualquier tipo con la certeza de que nadie les va a detectar. En España, los partidos presentan largas listas de diputados a elección. Unos pocos de los primeros son conocidos con currículums idóneos y unos pocos de los últimos son simplemente apretabotones para votar en un pleno. Y puede ocurrir que hasta los líderes máximos que se presentan como candidatos a presidentes del gobierno carezcan de la formación necesaria aunque tengan currículums inflados. Durante la campaña de las últimas elecciones, Abascal, por ejemplo, se negaba a  debatir o a contestar preguntas sobre cualquier tema político que requiriera conocimientos específicos. Lo suyo era arengar a sus huestes y criticar a los contrarios. Casado, en su desesperación  por hundir a los socialistas, les denunciaba por cualquier cosa y, si algún periodista le pedía alguna explicación,  se metía en selvas intrincadas de las que no podía salir por desconocer el camino. Rivera copiaba un poco de los dos.

Sabiendo que los analfabetos políticos no podrán descubrir los puntos débiles de sus ideas, la falsedad de sus promesas y su propia incapacidad, los populistas se lanzan a la arena de las elecciones utilizando ideas y promesas con fines exclusivamente estratégicos. ¿Pero qué significa, en realidad, ser populista?

El término populismo, generalmente utilizado en sentido peyorativo, hoy se confunde y hasta se cuestiona su validez porque hay populistas de derechas y populistas de izquierdas y es muy difícil atribuirles características que los distingan. Para evitar confusiones, podría decirse que populista es el político de cualquier signo que se dedica, con todas sus artes, a pescar analfabetos políticos, utilizando como anzuelo cualquier cosa que pueda interesar al  bolsillo de los susodichos o que pueda agitar sus glándulas.

Las circunstancias  han hecho proliferar populistas en todas partes y España no se ha podido librar de la plaga. De hecho, políticos que hasta hace poco se consideraban  serios, preparados y tal vez honestos  se han desmelenado  para captar votantes, renunciando  a toda mesura hasta el punto de delatar su propio analfabetismo. En las pasadas elecciones, por ejemplo, hubo personas sensatas que siempre habían votado al Partido Popular, a quienes los despropósitos de su candidato dejaron boquiabiertos, ojipláticos y desconcertados. Una persona puede ser políticamente analfabeta, pero intelectualmente capaz en otras áreas.

De pronto se hizo imposible comparar los programas de los partidos conservadores con los de las izquierdas porque en los discursos de los líderes de las derechas no aparecía programa alguno; se hizo imposible comparar argumentos porque sus candidatos a presidente y otros líderes  no debatían los argumentos del adversario, se limitaban a insultar y difamar.

Pablo Casado se convirtió, a todos los efectos, en un simple pescador de analfabetos políticos que soltaba cualquier disparate que se le pasara por el magín con el único propósito de captar votos. Se había metido en su caladero un intruso con artes mucho más peligrosas y sin ninguna contención, dispuesto a llevarse en sus redes a todos los analfabetos políticos aburridos de los anzuelos tradicionales. Y Pablo Casado se aterrorizó.

Vox irrumpió en el caladero exhibiendo un poderío que impresionó a todos. El pánico se apoderó de las otras derechas ante el pirata que les disputaba su cardumen,  y en vez de intentar vencerle, Casado y Rivera intentaron superar sus artes. Como consecuencia de esa guerra entre matones, la política perdió su identidad y los discursos se transformaron en una guerra a muerte contra el adversario socialista, que las encuestas señalaban como ganador, utilizando toda suerte de trucos y trampas para hundirle.

Si esta guerra se hubiera limitado al período electoral, ahora solo cabría comentarla como un triste episodio más en la multimilenaria historia de la ambición. Pero las elecciones concluyeron y los analfabetos políticos eligieron a quienes les habían ofrecido el espectáculo más divertido. Como para gustos, los colores, el Parlamento se llenó de colores varios.  La prensa se deshizo en elogios a la diversidad de partidos porque eso era bueno para la democracia, dijeron los opinantes. Pero en cuanto empezaron los discursos de las derechas en el debate de investidura, la política desapareció.  Hasta un analfabeto político puede comprender que si quienes se eligen para administrar un país en favor de los ciudadanos dedican su tiempo a inventar estrategias, trucos y trampas para destronar al adversario, el país, es decir, los ciudadanos tendrán que resolver los asuntos públicos con sus impuestos sin que el Estado les devuelva el esfuerzo resolviendo los suyos.

Entonces, ¿qué ha pasado con la política? Gracias a que en España el número de analfabetos políticos que votan al anzuelo que más les  gusta aún no llega a mayoría,  la política está trabajando en La Moncloa, en los ministerios, en las autonomías, en los ayuntamientos gobernados por políticos que saben lo que es la política y se ganan el sueldo con su ejercicio.  Mientras los opinantes dedican horas a discutir si Ábalos se entrevistó con la vicepresidenta de Venezuela y Pedro Sánchez no quiere entrevistarse con Guaidó y  las derechas van a recibirle en actos multitudinarios y a regalarle la llave de Madrid,  hoy hay políticos echando horas a documentos y cuentas para paliar el sufrimiento de los damnificados por el Gloria. Los mismos políticos que se recalientan el cerebro por subir pensiones y salarios sin aumentar déficit y deuda. Los mismos políticos que no tienen tiempo para concebir estrategias, trucos y trampas que les permitan pescar analfabetos.

Tal vez los últimos disparates de las derechas, que hoy aparecen en prensa y redes, convenzan a muchos analfabetos políticos para que se interesen un poco más en los asuntos de los gobiernos que atañen a la vida de todos. Tal vez en las próximas elecciones haya muchos ciudadanos más capaces de identificar los anzuelos y de no dejarse pescar.  ¡Ojalá!

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

Un comentario en “A la pesca de analfabetos

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